#27: De Todo, Como En Bótica

.txt > Amadeo Gandolfo

Hola, amigxs, y bienvenidos a una nueva entrega de El Evangelio del Coyote, un newsletter de arte, política y basura. Ha pasado más de un mes desde el último mail y en este tiempo estuve reflexionando bastante acerca de cómo continuar con este proyecto. Mi decisión es que voy a intentar mantenerlo, pero que el espíritu del mismo debe cambiar. Para poder seguir siendo un espacio que me de placer y no solo obligaciones, tiene que volverse un medio más sencillo. Amo escribir ensayos largos y complejos, pero en este momento me toman demasiado tiempo. Así que a partir de ahora voy a intentar aplicar el “método Aira”: escribir una página o fragmento por día, sin hacerme demasiado drama, y al final de la semana tener el newsletter listo, en vez de acumular todo para el viernes y dedicarle un día de cramming enloquecido.

¿Qué estuve haciendo en este tiempo? Lo más importante (para mí) fue que armé el compilado 2021 de El Baile Moderno. Con este se cumplen 10 años de armar compilados de forma ininterrumpida para que la gente se baje. Antes hacía listas de discos del año, y en el 2011 armé un enganchado para Grooveshark (que en paz descanse) pero fue recién en el 2012 que adopté el formato actual, con tapita, lista de temas y post conmemorativo. Lo cuál es todo un milestone. Y encima el de este año tiene una tapita PRECIOSA de Pedro Mancini, con un homenaje tremendo a Fantomah, la «heroína» de Fletcher Hanks. En el post que le dediqué hablo un poco de cómo fue mi año y cuál fue el razonamiento detrás del orden de las canciones. En resumen: fue un año difícil y la idea detrás del compilado es que sea como una monstruosa sesión de DJ. Pueden leerlo allí. Y si no estaban al tanto de que eso existía: pueden bajarlo o escucharlo en Spotify o YouTube en los links al final del post. Me haría enormemente feliz que descubran su próxima canción favorita ahí. Es una tarea que me da un enorme placer porque implica consumir una gran cantidad de música nueva y buscar lo que (a mis oídos) parezca un hit. Y porque es, también, armarme un compilado para mí mismo, que le da sonido a los primeros dos o tres meses del año siguiente.

Pero más allá de esto, cada vez que lo armo (y durante el año, mientras estoy escuchando discos y eligiendo temas) se presentan ciertas preguntas existenciales, que tienen que ver con la posibilidad y la imposibilidad de mantenerse al día con lo que sucede en la música. El compilado es, para mí, un ejercicio que me obliga (una obligación muy agradable) a saber más o menos que sonidos están en el aire. Pero la producción musical es tan demencial que un repaso completo es imposible. Lo subí, comencé a chusmear listas y ya tengo como 40 discos de 2021 que me pasaron por alto. Hace unos días alguien hizo un juego en Twitter que ilustra el mismo punto. Consistía en compartir el line-up de Coachella de este año y preguntar a cuántos artistas conocías y que edad tenías. Reconocí algo así como 57. La lógica detrás del juego es la ya conocida: cuanto más viejo sos, más chances hay de que no conozcas a esas raras bandas nuevas.

Esto también plantea preguntas existenciales del tipo de cuan “natural” es que las personas envejezcan y sigan escuchando los sonidos de la juventud. Existe la sospecha, en ciertos sectores, de que esto indica una pose y una cierta inmadurez. Cuando armé el compilado 2018, que viraba fuerte al reggaetón y el trap, algunos mutuales de Twitter me cuestionaron el cambio, la sustentabilidad de estos tipos de música a medida que avanzara la historia e incluso mi verdadera adhesión a ellos. Hay algo curioso que pasa con el ser humano a partir de su tercera década (y particularmente con la música) que consiste en replegarse sobre lo confortable y lo conocido. ¡Es que buscar música nueva es toda una tarea! Y muchxs tienen otras preocupaciones, otras obligaciones. Esto es perfectamente entendible, pero ¿por qué extrapolar de ello una teoría de la sospecha (todo aquel que gusta de los nuevos sonidos lo hace movilizado por las ganas de mantenerse en la moda/la vergüenza de envejecer) o una ontología de la nostalgia?

Yo, particularmente, no le adjudico un gran valor a la nostalgia. O, mejor dicho: la nostalgia es un sentimiento muy válido y necesario en lo individual, pero choca con graves problemas ideológicos cuando se intenta trasladar a lo colectivo. Esto quiere decir: cada uno tiene su música amada del pasado, y es perfectamente válido y hasta necesario recurrir a esos sonidos para despertar asociaciones emocionales y mentales que nos llevan a un lugar seguro y que reactivan los fantasmas de lo bueno. Y quién no ha conocido el goce estando con insomnio a las 2 o 3 de la mañana, tirado en la cama en la oscuridad, y recordando súbitamente aquellos amigos, aquellas fiestas, aquellos círculos que ya no volverán. Es una de las torturas melancólicas más deliciosas. Pero se vuelve problemático cuando se busca extrapolar a partir de ella un juicio sobre la producción cultural como un todo. “En mi época la música era de verdad”. A menudo esto es cubierto con los ropajes de la teoría cultural marxista y el desprecio a la cultura de masas presente: “La cultura de masas era buena cuando yo era su mercado privilegiado”. Hay un enojo, también, al descubrirse ignorante. Después de todo, es feo sentirse ignorante, es feo sentirse excluido. Y luego de esto las justificaciones de tipo estético: la gente cantaba, no se utilizaba determinada tecnología, las actitudes de los músicos apuntaban a A y no a B.

Yo soy una persona que funciona por oposiciones, y una de las figuras que más rechazo me dan es la del consumidor de cultura congelado. Creo que cifro allí una de las formas más insidiosas del conservadurismo. Entonces: gimme new, shiny things. Quizás es, todavía, una de las pocas formas en las que todavía puedo vislumbrar un pedazo de futuro.

* * * * *

También estuve leyendo, finalmente y después de posponerlo durante años, Let’s Talk About Love: Why Other People Have Such Bad Taste de Carl Wilson, el celebradísimo libro que el autor le dedicó a Céline Dion. Originalmente salió en la serie 33 1/3, una colección de libritos de bolsillo muy bonita, de menos de 200 páginas, cuyo concepto es que un crítico toma un disco que le gusta mucho o le es significativo y escribe en detalle sobre él. Lo curioso del libro de Wilson es que él eligió a una artista que le desagradaba profundamente. Y lo usó como una excusa para una exploración sobre el concepto del gusto. ¿Por qué nos gustan las cosas que nos gustan? ¿Por qué rechazamos otras? ¿Qué connotaciones de clase existen detrás de nuestras elecciones? ¿Qué sentimientos son considerados apropiados para una obra de arte y cuáles no? ¿Qué es lo que realmente hace Céline Dion al cantar? Son algunas de las preguntas que se hace Wilson. Pero, en el fondo, su pregunta estructurante es mucho más sencilla: ¿por qué no me gusta? ¿Y por qué a otra gente sí? Wilson arranca describiendo las críticas emanadas del prejuicio contra Dion, para luego reconstruir políticamente la figura de la cantante y luego meterse con tres siglos de estética y teoría cultural, que resume de forma magnífica (su semblanza de la teoría de Bourdieu debería ser dada en todas las universidades) y que, en realidad, han dicho bastante poco sobre el tema del gusto, porque es algo tan subjetivo, inaprensible e inconmensurable que una teoría sobre el mismo se escapa entre los dedos.

Todavía no lo terminé, pero si puedo decir que tiene bien justificado su lugar en el panteón de los grandes libros sobre música, y que tiene algo para decir acerca de lo que comentaba aquí arriba: el desprecio por los nuevos sonidos:

La nueva disciplina de la neurobiología musical, bien delineada en el libro This is Your Brain On Music del investigador (y ex productor musical) de Montreal Daniel Levitin, alude a que el cerebro podría estar construido para preferir consonancia a disonancia, ritmos estables por sobre caóticos, etcétera. Sin embargo, estas preferencias parecen ser maleables, como el periodista científico Jonah Lehrer dice en Proust Was A Neuroscientist (2007). Hay una red de neuronas en el tronco encefálico específicamente dirigidas a clasificar sonidos poco familiares en patrones. Cuando tienen éxito, el cerebro libera una dosis de dopamina que da placer; cuando fallan, cuando un sonido es demasiado nuevo, la dopamina en exceso chorrea, desorientándonos y molestándonos. Lehrer sugiere que esto explica eventos tales como los riots de 1913 en el estreno parisino de la disonante La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky. Pero estas neuronas también aprenden. Con la exposición repetida pueden domar lo desconocido, volver el “ruido” “música” de nuevo. De ese modo, un año después, otra audiencia parisina aplaudió La Consagración de la Primavera y en 1940 Disney la puso en un dibujito para niños, Fantasía.

Pienso en el autotune y su larga y vilipendiada carrera hasta ser, hoy por hoy, una herramienta más, no tan diferente del vocoder. Pero también pienso en lo opuesto: el rechazo al beat del reggaetón por ser igual en casi todas las canciones. Como todo, aparentemente es una cuestión de equilibrio, pero también de voluntad, de abrazar las cosas a medio camino, con un poco de caridad. Es esto lo viene estudiando hace ya dos décadas el sociólogo francés Antoine Hennion en sus trabajos sobre el gusto y el cariño (él emplea la palabra “attachment”) en los fanáticos de la música, la marihuana o el vino.

Pero el libro de Wilson me puso, también, a pensar profundamente sobre uno de mis odios más arraigados: Luis Alberto Spinetta y todo lo que rodea a su universo de referencias. A lo largo de los años busqué muchas explicaciones del porqué de este desagrado profundo sobre el que, para muchos, es uno de los músicos argentinos más importantes, un ser de luz que ha descendido de la mágica nube de Sensibilidonia. Con los años gestioné algunas explicaciones:  

1) Porque odio el jazz rock, el rock progresivo y el hippismo.

2) Porque me parece que su afán por las estructuras melódicas complejas y el virtuosismo es una pajereada total.

2) Porque su universo lírico me parece banal e incurre en una de las prácticas que más me molestan de las malas letras: el uso de imágenes y recursos aparentemente poéticos y sublimes pero que podrían estar inscriptos en un meme de mierda de superación personal que te mandó tu tía.

3) Porque sospecho de su condición de clase.

4) Por su manera de presentarse ante el mundo como una especie de elfo mágico y sesudo, siempre pensativo, siempre intelectual, que se toma a sí mismo tan en serio que me da asco.

5) Por su manera de cantar alambicada al pedo, que nunca cae sobre los arreglos armónicos esperados, sino que siempre está a la búsqueda de algún firulete innecesario.

6) Por la distancia que lo separó, a lo largo de casi toda su carrera, de lo pop, aunque asome de vez en cuando en su obra (de hecho, una de las pocas canciones suyas que puedo tolerar es “Seguir Viviendo Sin Tu Amor”, que es una hermosa canción pop tradicional que le hace un gran servicio a su voz). De lo pop como lo comercial y lo masivo, que esconde su magia. Este instinto antipop se expresa bastante bien en su manifiesto de 1973 “Rock: música dura, la suicidada por la sociedad” en donde condena el comercialismo y la música que no sirve para la liberación de las almas humanas en un orgasmo de amor perfecto mirando al infinito (¿?).

6) Por motivos freudianos, tal vez: Spinetta siempre fue uno de los músicos favoritos de mi padre, y en algo hay que diferenciarse del padre.

Todos estos argumentos son, en última instancia, fácilmente rebatibles en términos de gusto. Algunos simplemente son enconos personales incomprobables. Ni siquiera es una take que, en el 2022, sea muy fresca ni sirva para escandalizar a los hoi polloi, que fue mi estrategia predilecta desde mi adolescencia punk. Más arriba dije que era una persona que me definía por oposiciones y creo que en Spinetta encontré una figura fácilmente demonizable y codificable en términos de todo lo que no me gusta en la música: la seriedad, el virtuosismo, el poeta por encima de la fantasía (lo cual no quiere decir que la poesía no sea una parte importante de la música), lo etéreo, lo pequeño en oposición a lo épico, la creencia que una música expansiva y desprejuiciada tiene como correlato la ausencia de reglas, de estructuras y de condicionamientos. Y el libro de Wilson me dejó pensando si no sería un experimento interesante similar con un disco de él, llegar a las profundidades de mi desagrado y, como suele pasar, encontrarse con uno mismo.

* * * * *

Luego, estuve viendo varias películas. Soy un mal crítico de cine, así que: ¡capsule reviews!

The Power of the Dog (Jane Campion, 2021): la película con más buzz del final de 2021. Me encantó. Me encantó su morosidad, su lentitud, que es parte intrínseca de la amenaza reptante y constante del personaje de Benedict Cumberbatch. ¡Y que actuación la del vago, también! Un personaje complejísimo y multidimensional que es producto de un ambiente en el cual no puede expresar su identidad de ninguna manera y que termina codificando lo que es su homosexualidad en un prolongado halago de la masculinidad. Y la manera en que el personaje del pendejo se aprovecha de su desesperada búsqueda del mismo vinculo que alguna vez tuvo con Bronco Henry, el mentor del cual estaba enamorado, para sus oscuros y decididos designios, es una delicia de la tensión y el slow burn. 4 estrellas y media en Letterboxd.

The Lost Daughter (Maggie Gyllenhaal, 2021): meh. Realmente me aburrió muchísimo y, en este caso, la lentitud y lo atmosférico me parece que funcionan más como una forma de dormir al espectador que para construir una atmósfera de desastre inminente. Olivia Colman está muy bien pero ya había hecho una versión mucho mejor, más enloquecida e idiosincrásica de este mismo personaje en The Favourite. Creo que, también, no soy la audiencia a la que apunta. No me interesa demasiado la representación de la maternidad como una experiencia asfixiante y enloquecedora. Dos estrellas en Letterboxd.

Madres Paralelas (Pedro Almodóvar, 2021): pero quizás miento, porque esta película de Almodóvar sobre madres primerizas que se ven inexorablemente enredadas por un giro de guión melodramático a más no poder, complejo e inverosímil, que solo el pacto entre autor y espectador que propone una película de Almodóvar puede hacernos creer me pareció muy buena…. Hasta sus 20 minutos finales. Antes de eso es una telenovela demencial y bellamente filmada (como todo lo del español) pero en ese momento se convierte en “políticas de la memoria para dummies”, abandona el culebrón sin brindarle una resolución satisfactoria y adopta la forma de un video institucional sobre lo importante que es dar resolución y cierre a los crímenes del franquismo. Not that there’s anything wrong with that, pero no era la película planteada durante los 100 minutos previos, y pareciera como si el director hubiese agregado esa secuencia a cambio de financiamiento. 3 estrellas en Letterboxd.

Red Rocket (Sean Baker, 2021): ABSOLUTA OBRA MAESTRA y una evidencia más en la larga lista de motivos por los cuales Sean Baker es un genio. Un actor porno completamente acabado retorna a su pueblito de mierda en Texas, a vivir con su ex y lamer sus heridas, hasta que descubre a una piba de 17 años que parece un ángel pero es una perversita y que podría ser la llave de su retorno a la industria que lo pateó a la calle. Con esa premisa Baker podría haber hecho una película oscurísima, pero, fiel a su estilo, elige contar una historia en la cual lo que más importa es la humanidad de sus personajes. Si bien Mikey Saber es un predador sexual y económico y una bola de demolición para todos aquellos que lo rodean, Baker y Simon Rex (el actor que lo encarna, que también tiene nombre de estrella porno) logran, de una manera extrañísima, desenterrar un carisma y una habilidad social en el personaje que hace que nunca lo termines de odiar del todo. Aunque quizás debieras. Porque logran que sea, simultáneamente, un explotador y un perdedor, un tipo peligroso y un inútil del cuál es fácil deshacerse. Y frente a ese agente del caos, Baker opone a una comunidad de excluidos y marginales (como todos los personajes de Baker) que se hacen fuerte en la solidaridad, la comprensión y la búsqueda de momentos de amor en medio de un mundo horrendo. Bellísima, divertidísima y conmovedora, cinco estrellas en Letterboxd. 


Y con eso llegamos al final, amigues. La recomendación musical de la quincena es Loving In Stereo, el último disco de Jungle, que no llegué a escuchar antes de armar el compilado, por lo cual ahora me arrepiento de que el mismo no tenga una canción de ellos. Nos vemos en 15 días. Cuídense mucho y ¡Godspeed!

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