La insoportable levedad del bit

.txt > Daniel Cantarin

.jpg > Fabricio Pereyra

La informática es, al mismo tiempo, hiper-trascendente para la sociedad, e hiper-opaca: no importa que sigan pasando décadas –ya no es cosa tan “nueva” que digamos–, los pueblos en general insisten en vivirla como una especie de magia que lleva adelante otra gente distinta, medio rara, con conocimientos esotéricos e inalcanzables. Y eso nos está generando problemas bastante serios.

Este artículo es el primero de una serie que pretende guiarlxs un poco por el estado de la cuestión informática en términos políticos, para después dejarles alguna conclusión con la que puedan respetuosamente disentir. Y en esta primera entrega pretendo darles apenas un escueto pincelazo de historia informática y tecnológica reciente, mediado por la cuestión militante.

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Informática, ¿para qué?

Hagan un poquito de memoria lxs que puedan, y usen un poquito la imaginación todxs lxs demás. En los 90 –y tal vez los 80 si tenías un poco más de plata–, poder mandar un email a otro continente, chatear en tiempo real con gente de cualquier otro lugar del mundo, o hasta por qué no utilizar la camarita “web” para hacer una “videollamada”, eran todos grandes eventos: un poco en el sentido de lo emocionante que resultaba la experiencia de esa nueva posibilidad gracias a la tecnología –piensen en ver a un pariente que no veían hacía mil años, tal vez incluso similar a la experiencia actual de la cuarentena por la pandemia–, y otro poco en el aspecto de maravilla que tenían esas experiencias de progreso y cambio social tan inmediatamente accesibles.

“¡El mp3! ¡Ahora entran quichicientos temas en un CD, y te los podés bajar todos de internet!” 

Confío en que se entienda la idea y poder dejarla ahí, que estos artículos no son para estimular la nostalgia. El punto es que yo soy parte de la generación que vivió eso con mucho optimismo, que “flasheamos” con internet y la informática. Y muchxs de mi generación, en esa relación tan felíz que tuvimos con la tecnología, nos involucramos en sus pormenores, cuanto menos preguntándonos cómo funcionaba. Eso podía ir desde adentrarse en los oscuros laberintos del sistema de archivos y “panel de control” de la computadora, hasta aprender a programar y ponerse a estudiar cosas como electrónica o telecomunicaciones. Por supuesto, mi generación también tenía pibas y pibes que te decían “si, todo re lindo”, y preferían ponerse a hacer cualquier otra cosa. Pero “la computación” quedó por aquel entonces un poco marcada como “eso que hacen lxs pibxs ahora, que lo aprenden tan rápido, que lo entienden tan fácil”. ¿Quién no escuchó esa clase de frases referidas a las computadoras, y más tarde a los celus y tablets?

Lamentablemente, hoy la tecnología parece un tema absolutamente concedido al capital y las derechas -mayormente neoliberales-, aún frente al hecho material de que la informática es una rama de la tecnología plenamente disponible para cualquier izquierda.

La informática tenía y tiene mucho de cuestión generacional, por diversas razones que aquellas experiencias nos hacen fácil dimensionar y nos ahorran detallar. Quienes más abrazamos y nos apropiamos de ese rasgo generacional, flasheamos a lo loco con cómo internet iba a cambiar al mundo, pensando y repensando tecnologías posibles que pasaban a ser mera cuestión de tiempo hasta que fueran realidad.

Les doy un ejemplo tonto, que creo bastante ilustrativo. Hacia finales de los 90, me acuerdo fantasear con que un día las computadoras iban a “bootear” directamente conectadas a internet, por internet se iba a poder hacer todo, y entonces no ibas a necesitar tanta computadora sino más bien conexión y software adecuados. Así que se me ocurrió desarrollar un sistema operativo para eso, y lo bauticé “Internet Operating System”, o “IOS”. Por supuesto que hacer un sistema operativo estaba completamente fuera de las posibilidades de un adolescente clasemediero del conurbano bonaerense, y eso quedó en la más absoluta nada. Pero 10 años después aparece este tipo Steve Jobs, diciéndote que ahora la posta es usar iPhones porque sino no existís, y el chiste es que el iPhone pasa a hacer prácticamente todo por internet –a eso después lo llamaron “la nube”–, que hacés todo con el aparatito chiquitito, “ya no necesitás tanta computadora”, y por ironías de la vida el sistema operativo de ese aparatito se viene a llamar justo “iOS”. Historias de esas tengo un montón, y como las tengo yo también las tiene cualquiera que se haya puesto a flashear videojuegos, software de todo tipo, e incluso hasta hardware. Porque flashear tecnología era parte del espíritu de esa época: optimismo tecnológico, generacionalmente amparado en la experiencia felíz de la computación hogareña y la internet temprana.

Quienes militamos tecnología tenemos un montón de cosas para decir sobre cuestiones sociales actualmente mediadas por software y hardware informático.

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¿Snobs o militantes?

Obviamente ese optimismo está lleno de exageraciones y equivocaciones -o hasta francas aberraciones- como las que experimenta cualquier persona que flashea. El tema es que algunxs hemos vivido la informática de esa manera. Y entonces, la gente como yo le da tanta importancia a esos asuntos, que nos fastidia bastante cuando las conductas de la gente son más bien acríticas para con la informática y la tecnología: nos sale de adentro una cosa medio entre snobismo reaccionario y evangelismo iluminista que no hay manera de que le caiga bien a nadie, y así vamos a parar muy rápidamente a algún rincón, con un bonete en la cabeza, donde se nos ignora por loquitxs cuando no directamente pasamos a ser objeto de burla. Es la dinámica típica de la marginalización en política: cualquier veganx la debe conocer muy bien, e incluso lxs ambientalistxs que no sean de la ola actual.

Quienes militamos tecnología tenemos un montón de cosas para decir sobre cuestiones sociales actualmente mediadas por software y hardware informático. Desde hace ya no sé cuántos años saber usar una computadora es la diferencia entre conseguir o no un trabajo de oficina, pero también tenés la obsolescencia programada, la soberanía informática, “los medios” cada vez son más “internet” que cualquier otra cosa, la automatización amenaza con comerse los laburos de todxs, y hasta tu vida sexual está mediada por si tu celular puede instalar o no una aplicación particular. Agréguenle a eso “flasheos” ya no tan optimistas sobre cómo van a ser las cosas el día de mañana, y el tema se vuelve cada vez más inquietante, cuando no directamente urgente.

Toda cosa que se te pueda ocurrir a vos, la patenta alguien con plata, y con más plata la produce en masa: capitalismo industrializado elemental.

Sin embargo, seamos francxs: es difícil entrarle al tema cuando convivís con cosas como hambre y pobreza. Es difícil convencer a sectores populares de que el tema pueda ser importante también para ellxs, que los problemas de la informática no son temas de chetos; y probablemente más de un lector o lectora lo perciba así. Un poco ya se empieza a vivir el límite de esa lectura, especialmente durante la pandemia, cuando el celu y el wifi y el Conectar Igualdad de repente se vuelven casi hasta cosa de vida o muerte. Pero mientras tanto, en general, a las personas les dá lo mismo cómo funciona ni quién es el dueño de whatsapp, mientras por ahí vuelen fotos y memes y se pueda simplemente hablar con alguien; cuando tengan algún problema, seguramente tendrán también alguna promoción de la compañía de telefonía, y todxs felices. Y así, pregúntenle a lxs veganxs cómo les contestan con “el hambre” cuando articulan argumentos para no comer carne, y van a tener una idea de qué puede esperar alguien que milite tecnología.

Hasta ahí, así planteado, es cuestión simplemente de prioridades, y “habrá que seguir remándola”: ya habrá momentos donde los temas podrán charlarse mejor, mientras tanto seguiremos generando conciencia como podamos, y trabajando conceptos que nos ayuden a interpelar mejor a nuestras sociedades. Probablemente esa sea la historia de todas las militancias, y si lo pensás un poco en realidad no está tan mal.

Pero lamentablemente la situación es bastante más complicada que eso con la informática en particular.

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Trabajadorxs, ¡uníos!

La anécdota del “ios” no era ni ociosa ni accesoria, ni venía al caso tampoco de reivindicar manías adolescentes. Sucede que es también un minúsculo ejemplo de cómo las derechas se apropian impunemente de la razón tecnológica, desde hace ya demasiado tiempo: juegan a ser grandes visionarixs del primer mundo, cuando en realidad esas cosas se le ocurren a cualquiera y en cualquier lado.

Toda cosa que se te pueda ocurrir a vos, la patenta alguien con plata, y con más plata la produce en masa: capitalismo industrializado elemental. El tema es que con lo informático, ya no estamos hablando de cosas tan materiales como en siglos anteriores. No es lo mismo un Paolo Rocca produciendo en masa fierros, que un Héctor Magnetto produciendo en masa discursos, aunque los dos sean capitalistas y todos los demás adjetivos que se les ocurran. La informática pasa más por ese segundo orden de cosas, y no es de extrañar a nadie que el control de las redes sea hoy el campo de batalla donde tipos como esos se sacan chispas: porque los discursos también necesitan infraestructura, que es la vía para monopolizar y controlar todo lo que sucede en una sociedad. 

Lo que se le puede ocurrir hasta a cualquier jovencitx optimistx en un humilde conurbano latinoamericano, se convierte muy rápidamente en mercancía primero y en sometimiento tecnológico después.

Gracias a las maravillas de la infraestructura discursiva es que sabés cosas como quién inventó el iPhone, mientras misteriosamente y al mismo tiempo no sabés quién inventó el tomógrafo, aún cuando cualquiera diría que ese otro aparato es bastante más importante para todxs que un teléfono con touch screen. En cosas como esas se aprecian algunos sesgos informativos con mucha claridad, y sin gran esfuerzo intelectual unx puede pensar muchos problemas detrás del control de la infraestructura informacional: en especial sus posibles abusos.

Es claro que “discursiva” o “informacional” se traduce de inmediato en informática hoy en día. Pero esa “infraestructura” que menciono también tiene otro nombre, con mucha más carga histórica y contundencia: medios de producción.

Sin embargo, ¿dónde están las izquierdas del gremio informático? ¿Dónde está la izquierda de la tecnología?

Marx ya explicaba bastante bien en el siglo XIX las cosas que pasan detrás del telón de las grandes fábricas y de la prensa, y gracias a él –entre muchxs otrxs– lxs trabajadorxs tuvimos un montón de herramientas con las cuales defendernos de los abusos de poderes capitalistas. Siempre hasta cierto punto, y con variado éxito: pero nadie puede tampoco negar que, además de los intereses capitalistas, las izquierdas marcaron el ritmo de los cambios sociales desde la Revolución Francesa hasta acá, y que las ideas marxistas quedaron tan en el corazón de las izquierdas que directamente se apropiaron del término. Como sea, Marx nos marcó el camino: en las fábricas, organización gremial; a la prensa hegemónica, folletín contrahegemónico; en la academia, pensadores; en las calles, la gente marchando; en toda la sociedad, organización contra el capital, gremio tras gremio, hogar por hogar. Y eso en líneas generales tuvo sus días mejores y peores, pero sigue funcionando de lo más bien.

Sin embargo, ¿dónde están las izquierdas del gremio informático? ¿Dónde está la izquierda de la tecnología? ¿Ustedes la conocen?

Si están leyendo esto muy probablemente lo hacen desde una computadora o un celular, aparatos que ya forman parte de sus vidas cotidianas, y con los cuales tienen una relación más bien activa o hasta constante. ¿No les genera ninguna inquietud qué onda con todo eso? ¿Qué hace, de dónde viene, hacia dónde va? En mi experiencia parecemos ser pocxs lxs que nos cuestionamos esas cosas. Y en términos políticos, todavía menos.

En una época teníamos cosas como la carrera espacial, donde la supremacía ideológica estaba en disputa en el contexto de la tecnología, y entonces unx podía ponerse a hinchar por su Boca o River ideológico favorito, haciendo un poco las veces de “debate sobre tecnología”. Pero después de la caída de la Unión Soviética, y el advenimiento del neoliberalismo, yo no veo a nadie discutiendo que la tecnología pueda no ser un fenómeno capitalista: eso suena a charla de aula bastante vacía en alguna facultad de humanidades. 

Sospechosamente, lxs entendidxs suelen ser varones, blancos, cis, no muy viejos, no demasiado jóvenes tampoco, y que parecen llegar siempre a fin de mes.

Como devinieron las cosas, lo que se le puede ocurrir hasta a cualquier jovencitx optimistx en un humilde conurbano latinoamericano, se convierte muy rápidamente en mercancía primero y en sometimiento tecnológico después. Lo cual se aprecia cuando pasan cosas como que tenés que andar cambiando de celular cuando a alguna empresa se le antoja, o que si no sabés usar tal o cual software sobre el que se hace lobby sos consideradx improductivx o analfabetx.

Pero ojalá terminara ahí el asunto: también es sometimiento cuando las clases medias te terminan votando un Macri por cosas como “no me puedo comprar un iPhone en este país de mierda”, o te hablan de inseguridad cuando los cachivaches esos que les cuestan un montón de esfuerzo se convierten de repente en la cosa más robada de la sociedad y te pueden terminar costando hasta la vida. ¡Y todavía eso es chiquitaje! El ruido informático no para nunca, y así terminás teniendo gente que te toma el capitolio de los Estados Unidos con banderas de Q, mientras en todo el planeta parece sentirse un constante clima de guerra civil ya sin importar ni tu credo, ni tu nación, tu género, color de piel, o clase social.

Todo eso, en su conjunto, ya sale de la lógica del simple “consumo”: no se agota en fetiche de la mercancía, y hay cosas más complicadas involucradas. Pero dejemos esa cuestión en suspenso de momento, y pensemos esta otra pregunta: ¿cómo es eso de que viene cualquier empresa y hace lo que se le antoja con la informática, en cualquier lugar del planeta, y nadie parece indignarse por su derecho a contestar “NO”? Este tema ya no es nuevo en absoluto, tiene décadas a esta altura: ¿todavía no aparece ninguna izquierda popular con algo para decir al respecto?

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Segundo como farsa

Ya han sucedido unas cuantas “cosas políticas” alrededor de la informática. Sin ir más lejos, Sergio Rondán escribió en este mismo sitio cómo el Senado argentino comenzó a involucrarse en la cuestión Facebook. E incluso durante estos días se vive la puja de poder con respecto al DNU que convierte en servicios públicos a la telefonía móvil y el servicio de internet. Mucho más trascendentes, a nivel mundial, son casos como los de Edward Snowden revelando las relaciones entre las empresas informáticas más grandes y los servicios de inteligencia norteamericanos, eventos como los generados por Wikileaks o los Panamá Papers que consisten en “filtraciones” de datos informáticos comprometedores para gente muy importante, o problemas como los de la privacidad o hasta neutralidad de la red que se viven en casi todo el mundo; por estos días incluso se vive el incidente Pegasus. Pero, como decía al comienzo, son cosas más bien opacas, oscuras, casi hasta exclusivas para entendidxs. Y, sospechosamente, esxs entendidxs suelen ser varones, blancos, cis, no muy viejos, no demasiado jóvenes tampoco, y que parecen llegar siempre a fin de mes.

Mientras todo eso es así, cuando no está el Conectar Igualdad, y cuando las familias tienen que compartir un celu entre 10 y una conexión a internet entre 20, cuando no podés conectarte a clase porque Google Chrome o Zoom o Whatsapp o lo que sea ya no quiere actualizarse en tu sistema operativo, cuando no podés tener la consulta médica porque la camarita o el micrófono no se prenden con el software que eligieron del otro lado, cuando esas condiciones te las cambia el banco o la obra social o el sistema de pago electrónico y te quedás sin opciones para realizar tus operaciones cotidianas –léase, comprar comida en la esquina, o remedios en la farmacia–, hoy la persona a consultar es el pibe o la piba que tenés cerca y “se da maña”. Las clases populares no parecen tener referentes políticos ni militantes en informática: no es un tema que los partidos tradicionales ni las corrientes ideológicas canónicas de izquierda hayan sabido integrar, como sí está sucediendo por ejemplo con el feminismo o el ambientalismo. O como sí parecen lograr las derechas.

La infraestructura de toda internet, en todo el planeta, está montada sobre toneladas de software que gente como yo hizo gratis y en su tiempo libre, más por pasión que con cualquier ánimo de lucro.

No me parece un diagnóstico apresurado: las izquierdas en general están haciendo agua en materia tecnológica. En la industria tradicional, tanto pesada como de bienes y servicios, la izquierda ha sabido infiltrar las fábricas casi desde el día cero, y ganar más de una batalla por el sentido común. Pero con la informática, cuando no juzgan los fenómenos sociales a su alrededor desde la lógica consumista, casi unánimemente contrastan esos problemas contra humanismos más bien conservadores del tipo “proteger el trabajo” o “salir a poner el cuerpo”. Mientras tanto, la gente trabaja por internet y con su cuerpo sale a cazar pokemones, en un mundo donde las cosas se automatizan a un ritmo cada vez más acelerado, haciendo que objetivamente necesitemos trabajar menos y menos –mientras perdemos seguridades laborales y nos exprimen mucho más a muchas menos personas–, y tanto la crítica como la opinión pública parecen pasar por Twitter e Instagram. Mientras la izquierda vive eso entre la indignación, incredulidad, o hasta la burla, la informática queda como una cosa burguesa, privilegiada, capitalista: y con esas verdades a medias –en parte están en lo cierto– no se encaran nunca las acciones que en otras épocas se llevaban adelante en fábricas o sindicatos.

Y cabe aclarar, antes de decir cualquier otra cosa: es absolutamente injusto, y hasta un poco macartista, dejar a “la izquierda” como simplemente eso. Internet no es la madre de todos los problemas, y todxs sabemos que la izquierda y los movimientos populares en general se rompen el culo militando por mil cuestiones una más dolorosa y urgente que la otra: a lxs cumpas de izquierda ya lxs cagan a palazos y gases y tiros en las marchas, no tengo cara para pedirles absolutamente nada más, y nada podría estar más lejos de mi postura que el ningunearlxs. Mi llamado de atención sobre algunas cosas es porque, me parece, a la izquierda se le está escapando la tortuga con estos temas, y si estoy en lo correcto eso es un problema muy serio para absolutamente todxs en una sociedad moderna: seas de izquierda, o no tanto.

En todo el planeta la gente se da cuenta de que las cosas pueden y deben ser de otra manera, ya mismo. Y la tecnología es parte integral de eso, porque es uno de los tantos compases marcando el ritmo de la transformación social, desde la agricultura para acá.

Pero les cuento un poco, para que tengan ejemplos de qué hablo. La infraestructura de toda internet, en todo el planeta, está montada sobre toneladas de software que gente como yo hizo gratis y en su tiempo libre, más por pasión que con cualquier ánimo de lucro. Las empresas después explotan eso, con los intereses de siempre. Pero nada impide que haya organizaciones de izquierda partidaria, orgánica, conscientes de las condiciones históricas que jóvenes optimistxs suelen ignorar, e impermeables a las mentiras y manipulaciones neoliberales, interviniendo también en el tema: haciendo y publicando software, por ejemplo, que todxs podamos utilizar en dispositivos homologados por el partido -o la organización que sea-, de modo tal que las empresas ya no hagan tanto lo que se les antoje con nosotrxs. O bien que se organice y sistematice el cybercirujeo, algo a todas luces sinérgico con lo anterior. Armar talleres, charlas y laboratorios vinculados a todo tipo de tecnologías conectadas a internet, como las izquierdas ya saben hacer y muy bien desde antaño, llevando eso a los barrios, haciendo andar cualquier aparatito que resuelva problemas. Nada impide que espacios más económicamente poderosos como las socialdemocracias o el peronismo hagan las mismas cosas, dicho sea de paso. O incluso a organizaciones menos directamente relacionadas, como son los poderosos sindicatos argentinos. Nada le impide todo eso a la política tradicional: al menos, en lo que respecta a las condiciones materiales en las que se realizan esas actividades, porque se tratan de las mismas con las que ya twittean y memean.

Es casi como si la izquierda le concediera o creyera al neoliberalismo cuando se trata de estos temas; o todavía peor, como si hubiera un acuerdo total en que el neoliberalismo está en lo correcto.

Todo esto es sintomático de cosas muy intrincadas, no tan sencillas de apreciar así nomás. Y frente a eso, cuando te pones a ver que lxs pobres viven, además de los problemas propios, buena parte de los mismos problemas que las otras clases sociales aunque de maneras muchísimo peores, “el hambre” tiene más pinta de respuesta rápida y cortita para sacarse el tema de encima más que una forma de análisis “material”. Porque no vivís en el siglo XVIII por no tener asfalto, ni agua caliente, ni cloacas, ni comida: seguís viviendo en el XXI, y los problemas nuevos no sólo no te esquivan sino que se potencian. Y está claro que primero tenés que morfar, en eso no hay debate; pero igual cabe la pregunta, ¿qué pasa después? ¿Qué viene cuando ya comiste, cuando ya tenés agua? ¿En qué consiste la vida en el siglo XXI?

Lleven esa reflexión sobre la vida un poco más allá de la tecnología, hacia el estado actual de la política en Latinoamérica y en el mundo. Giros violentos hacia izquierda y derecha por todos lados, donde lo único más fuerte que la incertidumbre son el hartazgo por la política tradicional y el reclamo por cambios urgentes. En todo el planeta la gente se da cuenta de que las cosas pueden y deben ser de otra manera, ya mismo. Y la tecnología es parte integral de eso, porque es uno de los tantos compases marcando el ritmo de la transformación social, desde la agricultura para acá. Pero lamentablemente, hoy la tecnología parece un tema absolutamente concedido al capital y las derechas -mayormente neoliberales-, especialmente en informática, aún frente al extraño hecho material de que la informática, al menos en lo que respecta a software, es una rama de la tecnología plenamente disponible para cualquier izquierda. Es casi como si la izquierda le concediera o creyera al neoliberalismo cuando se trata de estos temas; o todavía peor, como si hubiera un acuerdo total en que el neoliberalismo está en lo correcto.

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Continuará

Por esta ocasión dejamos acá, para respetar un poquito el tiempo de todxs, y que no terminen necesitando un fín de semana entero para leer un artículo por internet. De paso, nos queda el cliffhanger ese tan feo de la razón neoliberal, que confío ponga incómodx a más de unx. Pero por supuesto que acá no le regalamos nada al neoliberalismo, y más adelante vamos a curiosear un poquito más en detalle cómo puede ser esta cosa tan extraña que parece darse entre la izquierda, la derecha, y la tecnología. 

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