Generación 56k: ¿Qué importa si para enamorarme basta una hora?

.txt > Clara Charrúa

.jpg > Fabricio Pereyra

Si en el melodrama la sociedad se opone al romance, en las comedias románticas heterosexuales chico y chica no se toleran pero por algún motivo (forzado, ajeno a ellos) deben pasar un tiempo juntos. Un repaso por Generación 56k, la nueva ficción italiana.

“Hice el amor con una muchacha punk. 

Decir «hice el amor» es un decir, 

porque el amor ya estaba hecho 

antes de mi llegada a Londres”

Rodolfo Fogwill, Muchacha punk.

Año 2000. Son las 13 del mediodía y acabo de llegar a casa de la escuela. Invité a una amiga a comer, y vamos a pasar el día haciendo nuestra actividad favorita: bromas telefónicas. La broma consiste en llamar a cualquier lado y molestar a la persona que atiende. Pueden ser números aleatorios o números que reconozcamos, por ejemplo, el negocio de empanadas de al lado de casa. Terminamos de comer y, todavía con restos de almuerzo en la boca, vamos corriendo al cuarto de mi mamá donde está el teléfono. Descuelgo el tubo, y un sonido ensordecedor invade la habitación. Mi amiga se tapa los oídos, y yo también, cuelgo gritando al mismo tiempo que hago un poco de teatro, exagero la reacción, el ruido de la interfaz no es tan terrible. “¿¡Qué es eso!?” pregunta mi amiga. “Debe ser mi mamá o mi papá usando internet,” contesto. Mi amiga hace todavía más teatro: “¡¿Inter-lo-qué?! ¿Por qué siempre hablás en difícil?”.

La escena autobiográfica es funcional porque sucedió, más o menos así, en todos los hogares de clase media. Años antes, años después, fue parecido en varios otros lugares del mundo.

Generación 56k, la primera serie del director Francesco Capaldo, transcurre en dos tiempos: 1998 y 2022. Para el primer momento, lxs personajes tienen alrededor de 12, 13 años. Es una época clave de sus vidas: la preadolescencia, o pubertad viene acompañada por la llegada del primer modem de internet a casa. Bruno (Biagio Forestieri), el padre del protagonista Daniel (Alfredo Cerrone de niño, Angelo Spagnoletti de grande), advierte que solamente puede usarse para el trabajo. Es entendible, Daniel a sus 12 años no sabe, no registra, no puede tener noción – como ni yo ni mi amiga en el 2000- de lo caro que sale usar internet. Él vive con su familia en una isla de Nápoles. La isla es chica, es pícola. El mundo, a sus pies. En la vereda de enfrente vive Inés (Sveva Simeone de niña, Claudia Trinchese de grande) la chica que le gusta. Daniel disfruta de verla haciendo sus cosas: cantando, escribiendo. Casi siempre junto a Inés está Matilda (Azzurra Iaccone de niña, Cristina Capelli de grande), su mejor amiga, a quien Daniel y sus amigos apodan “Satán”. Más allá de las chicas, los niños están concentrados en otras cosas de niños: quieren juntar plata, ver pornografía a escondidas, tomar licuados en el quiosco. Lo normal, digamos. Lo que ocupa el tiempo de un niño de clase media. 

En la trama ubicada en el pasado, 1998, las cosas funcionan como en cualquier comedia romántica. La comedia romántica tiene la lógica inversa del melodrama. Si en el melodrama la sociedad se opone al romance, en las comedias románticas chico y chica no se toleran pero por algún motivo (forzado, ajeno a ellos) deben pasar un tiempo juntos. Daniel y Matilda deben cumplir una tarea por pedido del director de la escuela ya que los encontró peleando en el pasillo. 

Los traumas, dicen lxs psicoanalistas, se procesan en un doble tiempo. El hecho traumático adquiere ese valor una vez que se resignifica con el correr de los días, de los meses, de los años, y su figura se sintomatiza de distintas maneras. La infancia, por otro lado, es una instancia de acumulación de traumas por la pregnancia en nuestra consolidación subjetiva. No por nada el psicoanálisis y el cine son contemporáneos, hijos de la sacralizada modernidad.

Entonces, los dos tiempos. El tiempo del hecho y el tiempo de la resignificación, del reconocimiento o no reconocimiento y del re-conocimiento. Las películas o series de amor suelen tematizar lo que acontece cuando hay unx otrx que nos desencaja, nos detona, literalmente, nos saca de nuestro estado inalterado. Por eso siempre el detonante es que lxs dos amantes se conocen. El encuentro con otrx siempre es un acontecimiento que, si alguien está abiertx a conocer a alguien, lx pone en jaque, es como encontrarse con Satán. Y poner a lxs personajes en jaque suele ser, en la mayoría de las películas que funcionan con el paradigma narrativo moderno, el motor del drama. El objetivo de Daniel es conquistar a Inés, en el pasado, en el presente, no se sabe. O sí: Daniel quiere encontrar el amor, quiere enamorarse, porque las cosas buenas pasan ligeras, como la maldita primavera. Y a los 32 no es lo mismo que a los 12, en todo sentido; el tiempo pasa cada vez más rápido, y la vida erótica útil es cada vez más corta. 

En el presente, 2022, otro detonante. Los capítulos alternan el punto de vista de lxs personajes. Primero estamos con Daniel adulto. Daniel tiene una cita por tinder, solo que su cita no es en realidad su cita, la chica que creyó que era una tal “Magda” resultó ser en realidad otra persona. Algo que puede pasar con la proliferación de personas en internet. Daniel se inquieta. Si no es Magda, ¿quién es? ¿Con quién salió? Las cosas avanzaron rápido, muy rápido, Daniel ya trabaja como desarrollador de ideas en una empresa, hace aplicaciones, internet evolucionó a una velocidad mucho más rápida que esa 56k de los primeros modems. 

Pero antes del detonante, el estado inalterado, o “prólogo”. Daniel viene saliendo con chicas de tinder hace bastante, es un habitué ya de la aplicación. Se separó hace bastantes años de una novia de la temprana juventud y desde entonces no ha vuelto a formar pareja. Hace contrapunto con sus amigos, uno felizmente casado y el otro fóbico a las relaciones analógicas. Esos son, digamos, los tres arquetipos de varones de su generación. En un mundo donde las relaciones amorosas están ponderadas por el resto de las relaciones, el mandato de consolidar un romance es introyectado por el protagonista, lo padece, siente que está perdiendo el tiempo. Sin embargo, el detonante: la cita ideal finalmente acontece. Chico conoce chica. Solo que ya se conocían, él no se da cuenta, no la re-conoce, pero ella sí. Y este segundo round les servirá para reconocerse y así poder desatar ciertos nudos. Emocionales, personales, afectivos. 

_
Y ahora volvemos al pasado
La serie fundamenta su vaivén temporal no por el mero encanto que el lenguaje audiovisual y el Santo Dios nuestro Bendito Montaje permiten. Los vaivenes temporales tampoco son flashbacks. La historia tiene dos tiempos, no un marco y un enmarcado (como en Titanic), sino lisa y llanamente dos tiempos, con sus respectivos puntos diegéticos y arcos narrativos, con sus momentos climáticos, tramas y subtramas. Podemos soslayar dos grandes tramas: la trama romántica en el presente, la trama del porno en el pasado, es decir, todo lo que se desata a partir de que Daniel y sus amigos roban un video porno a un chico rudo de la escuela. El internet funciona como herramienta técnica para poder reproducir más videos porno, y los chicos arman un negocio. En el clímax de esta línea narrativa, en el último episodio, ellos terminan trabajando como empleados del chico rudo al que inicialmente le robaron, básicamente para que no los maten. En realidad claramente no los matarán, pero a los 12 años unx siempre hace un poco de teatro. 

En el pasado hay también subtramas que refractan en el presente: la de Matilda con su padre, una estrella del star system romano. Esto merece que nos detengamos. En una secuencia, Matilda va a visitarlo a Roma, a un estudio. Paco le muestra cómo en las películas hacen llover artificialmente. En una escena muy a lo Tornatore, Matilda se maravilla ante la inmensidad del artificio. Lo que ocurre en los estudios es tan artificial como su relación con su padre, quien finge constantemente para no quedar mal ni con ella ni con el resto del mundo. Las tramas secundarias se entrecruzan en ambos tiempos, comienzan en el pasado y se terminan de cerrar en el presente. Con esa trama también comienza a cerrarse su anterior relación con Enea (Sebastiano Keiniger), un hombre ideal para ella, un gran amor con el que vive y se está por casar, pero de quien Matilda ya no está más enamorada. Entonces el conocer a Daniel no es solamente reencontrar al amor de su infancia, quien fue su primer beso, sino también poder desprenderse de todo aquello que perteneció a su primera juventud, al anfibio que acontece entre la juventud temprana y la adultez definitiva, y le plantea la posibilidad de irse a estudiar una maestría a París. Porque, tal como le dijo su padre, la isla es pícola, y en algún momento ella desea irse de allí, conocer el mundo. 

También encontramos la subtrama del kiosquero, Don Ciro (Ciro Ruoppo), quien tiene una botella gigante donde va guardando secretos de toda la población de la isla. Es ese el verdadero confesionario, en la iglesia solamente se hacen canalladas (varias secuencias de montaje de los chicos vendiendo disquets con pornografía así lo demuestran, o esa escena de la misa en la que absolutamente nadie está prestando atención a la misa realmente). En el presente, Ciro se muere y Daniel hereda la botella. Otra subtrama: Daniel necesita una idea para su empresa, si no lo echarán por defender una ridícula aplicación de peluquerías. Daniel duda, no tiene ideas hasta que las tiene. Nuevamente, clímax de otra subtrama: inventará una aplicación para enviar mensajes en el tiempo, como la botella de Don Ciro, mensajes programados para el futuro, imborrables. 

En síntesis, en ocho capítulos se desarrolla el tiempo necesario para intercalar todas estas cuestiones. El guion es agil, simple, y por eso la serie es más que una radiografía de una generación criada a base de internet y pornografía clandestina entera. Los intercortes funcionan de forma que además de alternar los distintos puntos de vista como arquetipos, podemos respirar tranquilos. Se ponen en escena los cimientos del propio consumo. Una serie hecha por un treintañero, para todxs lxs early y tardo millennials. La serie valora el deseo por sobre el mandato, y pone en escena los derroteros que atravesamos aún cuando creemos que el repechaje está sobrevalorado y desechamos las segundas oportunidades. ¿Cuál es el tiempo correcto del amor? No hay uno. No existe el “lugar correcto en el momento indicado”. Ya nos lo enseñó Cuando Harry conoció a Sally. Una persona no te ve hasta que te ve, y empieza a considerar la posibilidad de que le gustes. Enamorarse puede llevar años, o un minuto. Y a veces corresponderse o no es más una cuestión de azar que de explicaciones racionales. No podemos decir por qué una persona nos gusta o nos deja de gustar, simplemente sucede, sobre todo cuando recién la conocemos y no hay oportunidad de que, todavía, nos rompan el corazón. Porque aún no se lo hemos entregado. 

CON TU APORTE PODEMOS CRECER