Es el salmón pero también es cómo vivir

.txt > Candelaria Piemonte

.jpg > Fabricio Pereyra

La salmonicultura es entendida como una estrategia de “seguridad alimentaria”: promete un suministro de alimento mundial con “mínimos efectos indeseados”. Pero es momento de reconocer que no existe promesa de seguridad alimentaria sin considerar nuestra interdependencia con el ambiente natural.

Cuando de problemáticas socio-ambientales se trata, hacia donde sea que concentremos la mirada habrá dedos apuntando en múltiples direcciones, convencidos de sostener la verdad adecuada. La virtud de las discusiones lejos está de cualquier idea de verdad, sino en generar convenciones comunes que nos habiliten una supervivencia cada vez más armoniosa en este planeta, y para ello… quizás tengamos que perseguir la coherencia como quien persigue el último rato de sol de invierno.

Lxs jóvenes argentinxs queremos sentir el triunfo de ver todos aquellos acuerdos y ratificaciones que se han firmado, en acciones comprometidas concretas. Sin ir más lejos, ¿de qué Acuerdo de París estamos hablando si no disputamos el modelo de producción, desarrollo y consumo de nuestro país?

Nos cansamos de conformarnos con un modelo destinado al fracaso. Habilitar la explotación petrolera y la producción intensiva de salmones en el litoral argentino no es viable, es intolerable. Pero no se trata de seguir persiguiendo verdades necias que bien pueden resumirse en cinco minutos de presentación en una audiencia pública, se trata de repensarnos en y con el territorio.

Ya no son solo los marcos teóricos los que entran en disputa, sino las políticas territoriales concretas… y la pregunta de fondo que resuena: ¿cómo elegimos habitar esta casa común? ¿Y qué debemos comprometer como ciudadanxs para construir un habitar armonioso posible?

El caso: ponerle un alto a las salmoneras 

El 30 de junio de 2021 cosechamos los frutos de una tierra fértil que fue seno de resistencia y construcción colectiva: se aprobó una ley que por primera vez en el mundo prohíbe la instalación de salmoneras en pos de la protección del ambiente marino y las comunidades costeras. 

Además de sembrar y cosechar intensivamente salmones en jaulas flotantes, hace más de 40 años Chile cosecha también enormes impactos ambientales, sociales, sanitarios y económicos a raíz de la salmonicultura.

Lo que ya sabemos: los salmones, exóticos en el mar patagónico (las especies utilizadas en la industria son nativas del hemisferio norte), suelen escaparse de las jaulas de cultivo hacia el ambiente natural y así comienza el juego que deviene de la introducción de especies exóticas introducción y propagación de enfermedades, desequilibrio en el ciclo de nutrientes (que resultan por ejemplo, en blooms -proliferación- de algas tóxicas), pérdida de especies de fauna nativa susceptibles a estos cambios en las condiciones ambientales y hasta enmallamientos de mamíferos a causa de estas jaulas flotantes que suponen contener lo incontenible.

Sumado a ello, el cultivo intensivo de salmones genera acumulación de residuos en el fondo marino derivado de los alimentos no consumidos, fecas y mortalidad de salmónidos, desechos industriales varios y presión pesquera sobre especies silvestres que se utilizan para alimentar a los salmónidos. 

Pero tampoco es cuestión de depositar todo el peso de nuestro juicio contra las salmoneras: es una manera más de transformar el paisaje, de entramarnos en la red de la vida. 

Pensemos, por ejemplo, en un árbol cualquiera. Su crecimiento depende de que sus raíces penetren el suelo, como una danza que va haciendo lugar al cuerpo del árbol entre la tierra e invitando a los microorganismos alrededor a moverse también. El árbol comenzará a absorber agua del suelo, a transformar esos espacios donde el agua queda disponible, a distribuirla distinto. Y finalmente, su misma existencia transformará el aire, y por tanto transformará la existencia de todos los seres a su alrededor, que respiran el mismo aire. Los seres vivos -aunque a diferentes escalas- somos auténticos transformadores del paisaje, porque nuestra existencia misma implica movimiento, y de allí resulta inevitable afectar y ser afectadxs. La cuestión está en ¿Quiénes se benefician con esta transformación?

Con el ejemplo del árbol queda bastante claro que se trata de una transformación deseable, en tanto nos significa un sinfín de beneficios que hoy llamamos servicios ecosistémicos o contribuciones de la naturaleza (IPBES). Pero en el caso del cultivo intensivo de salmones en la Patagonia, el impacto es otro y los beneficiarios principales vienen solo de visita. 

La salmonicultura es entendida como una estrategia de “seguridad alimentaria”: promete un suministro de alimento mundial con “mínimos efectos indeseados”. Pero es momento de reconocer que no existe promesa de seguridad alimentaria sin considerar nuestra interdependencia con el ambiente natural, y por tanto considerar que sus tiempos, ciclos, y componentes suelen ser incompatibles con los tiempos de producción intensiva industrializada. En sentido opuesto, la agroecología como paradigma, como forma de vivir, de habitar, y de relacionarnos, nos propone recuperar ciclos naturales y ponderar esas dinámicas para construir otro esquema socio-ecológico, con otros valores y a otra escala. 

Ya no podemos hablar a lengua suelta de sustentabilidad y seguridad alimentaria, a medida que profundizamos en la pregunta: ¿quiénes se benefician con esta transformación? 

Las salmoneras hoy instaladas en el mar patagónico chileno corresponden a áreas de alto valor de biodiversidad, en gran parte correspondientes al Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas de Chile y a tierras indígenas de gran valor ancestral.  Y la intención de la expansión de las salmoneras al Canal de Beagle hubiera significado la afectación de ecosistemas de inconmensurable valor paisajístico, ecosistémico, ancestral y económico. 

La promesa de seguridad alimentaria en manos de empresas noruegas, canadienses, chilenas y japonesas hubiera puesto en jaque la economía regional de quienes viven del turismo de naturaleza y de la pesca artesanal. 

Cuando la legislatura de Tierra del Fuego, le dijo “No” a la expansión de las salmoneras hacia el litoral argentino, estaba haciendo oír la voz de quienes habitan el territorio y durante décadas insisten en elegir de qué manera transformarlo. Cuando Tierra del Fuego le dijo “No” a las salmoneras, estaba diciendo “Sí” a la soberanía alimentaria de la región. 

¿Esto significa que las actividades que sustentan nuestra economía regional hoy están libres de potencial destructivo? Claro que no, aún hay muchas tuercas que ajustar. Demonizar a grandes corporaciones extranjeras sólo nos distrae un rato de la infinita lista de prácticas propias que debemos revisar en pos de convivir en esa armonía que tanto nos gusta prometer a las generaciones futuras. 

Producir, procrear, criar, engendrar, ya no es tarea humana… la nuestra es la de habitar, la de compartir, la de cooperar. Apostar a un vínculo de escucha con el entorno, entre personas y para con las diferentes maneras de existir, donde la dimensión humana no se sobreponga a cualquier otra lógica, generando daño, agotamiento, degradación. Estamos invitadxs a transformar el ambiente al tiempo que nos transformamos con lógicas de mutuo beneficio, repartiendo y distribuyendo los nutrientes como un planeta simbiótico. 

Que se contagie Argentina entera, que se contagie Chile, que se contagie el mundo del valor de hacernos cargo de que como animales humanxs tenemos la potencia de elegir cómo transformar el ambiente que nos rodea. El cuidado ambiental ya no es un cuento de Disney, es un entramado de decisiones despiertas: Tierra del Fuego marcó un hito histórico y nos invita a seguir abriendo bien los ojos sin correr la mirada… Nuestro Norte es el Sur.

CON TU APORTE PODEMOS CRECER