Encarnación Ezcurra, la primera política argentina. El rosismo fue más que Rosas

.txt > Cecilia Perczyk

.jpg > Fabricio Pereyra

María de la Encarnación Ezcurra y Arguibel tuvo un papel fundamental en la política argentina del siglo XIX. No fue sólo "la esposa de" Rosas: una historia de mujeres en la política que sigue haciendo ecos.

Sabemos que María de la Encarnación Ezcurra y Arguibel fue la esposa de Juan Manuel de Rosas, pero no todos conocemos el papel preponderante que tuvo en la política argentina del siglo XIX. Pero reparemos en su participación en el armado del Partido Federal, un movimiento político que se distinguió de otros por la fuerte presencia popular.

En los libros de historia suele identificarse como extraño que una figura femenina participara en la escena política de la sociedad rioplatense de 1830 porque, durante ese periodo, las mujeres estaban subordinadas a los hombres y destinadas al hogar. Me pregunto si no se trata de un dato que la historia siempre marca como extraño respecto de las mujeres y su relación con la política, ya desde la Antigüedad. No es esperable la participación política de una mujer y cuando sucede se lo describe de un modo determinado. Por tomar algunos ejemplos, hablemos de Cleopatra, la faraona, inmortalizada como la reina del twist. Ella, entre otras cosas, gobernó Egipto y escribió tratados médicos, pero la recordamos como la amante de Julio César y Marco Antonio. Algo similar pasa con Eva María Duarte, de quien se dice que fue una actriz de radio que conquistó a Juan Domingo Perón en un evento de caridad por el terremoto de San Juan. Parece que no quieren que sepamos de su actividad gremial, fue la fundadora de la Asociación Radial Argentina, y también la impulsora de la sanción de la ley de sufragio femenino. Hoy como ayer, nos bajan el precio. 

Encarnación Ezcurra vivió en un periodo en el que todavía las mujeres no votábamos. Suele decirse que, cuando su esposo estaba ocupado con la Campaña del Desierto, siguió sus indicaciones o, a lo sumo, que fue un medio privilegiado para vehiculizar, nunca mandar, las salvajes prácticas rosistas. Ahora bien, ella misma, en las cartas al marido, se identifica con el pueblo y expresa su capacidad para tejer relaciones con la clase baja de la ciudad, una práctica ejercida por algunos pocos hombres de la época. ¿Será este punto el que genera tanta incomodidad?

Falta otro eslabón en la cadena para entender la incomodidad que lleva al ocultamiento de la participación de las mujeres en la política. Habitar el espacio público a partir de un entramado con el pueblo parece no ser una opción para nosotras y mucho menos tener el ejercicio de la violencia, práctica llevada adelante desde la Sociedad Popular Restauradora, fundada por Encarnación, que permitió derrocar a Balcarce, entre otras acciones.

En las cartas con Juan Manuel de Rosas, Encarnación Ezcurra siempre se manifiesta partidaria de la acción, hecho que condujo a la prensa a llamarla la “Mulata Toribia”, el nombre de una cuchillera de la época, para mofarse de ella. Dejo, a modo de cierre, planteado lo que entiendo incomoda tanto al patriarcado: el hecho de ser mujer, la relación con el pueblo y el ejercicio de la violencia. No pretendo de ninguna manera cerrar la cuestión, mi objetivo es plantearla para pensar no solo el pasado sino también la actualidad y cuestionar cómo nos pensamos a nosotras mismas.

Agradezco especialmente a Gabriel Di Meglio por las sugerencias bibliográficas y su atenta lectura. 

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