Una mochila pesada. Diálogos sobre precariedad con riders de plataformas de delivery

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El trabajo que realizan lxs riders es vital. Llevar comida, agua, facilitar herramientas de trabajo, etc. es una tarea esencial que toma especial relevancia en momentos donde la circulación debe ser reducida. Sin embargo, estxs trabajadorxs cargan sobre la espalda con el peso de ser un oficio poco valorado. A pesar de que sin delivery la gente no hubiera podido cumplir el ASPO, suele ser visto como un trabajo de segunda o de descarte.

Hace unos pocos días Juan Sebastián Rozo, director de asuntos públicos de Rappi, anunció que la prioridad de la empresa será vacunar a lxs repartidores que más órdenes entreguen y más tiempo estén conectadxs, abriendo así un debate sobre las lógicas tanatopolíticas que reproducen estas plataformas de delivery.

Si partimos de la hipótesis de que los cuerpos toman la forma de normas que son repetidas en el tiempo. Es decir, en palabras de la filósofa Sara Ahmed, que al repetir ciertos gestos, orientarse en cierta dirección, los cuerpos se ven contorsionados, la pregunta es por las orientaciones en que los cuerpos se contorsionan en la época global. Cuáles son sus dolores dentro de estas trayectorias, los riesgos a los que están expuestos, los alivios que encuentran. 

Las reflexiones que se pueden leer a continuación transcriben las percepciones que tienen cinco riders de Mar del Plata, Córdoba y Ciudad Autónoma de Buenos Aires acerca del lugar que ocupan las vulnerabilidades y la solidaridad en sus rutinas diarias.

Sigue rodando

“Este trabajo me hace sentir muy solo”, irrumpe Tomás en tono reflexivo en el medio de la conversación.  Comenta que cuando no le caen pedidos, se sienta en la esquina y habla con “los pibes”, se hacen amigos. Pero cuando hay que laburar “a full”, el contacto con la gente es mínimo, el nivel de alienación, muy alto. Él tiene 21 años, vive en la Ciudad de Córdoba y dejó sus estudios universitarios porque necesitaba trabajar. Después de varios meses de desempleo, en 2020 decidió empezar como repartidor en Rappi. 

La situación de su compañero Fabricio es bastante distinta. Tiene 39 años, dos hijxs y antes de ser repartidor era vendedor para empresas aseguradoras. Su trayectoria en Rappi es ejemplar. En poco tiempo llegó al máximo nivel al que se puede llegar en bicicleta, entonces, se compró una moto para seguir ascendiendo. Para lograrlo, sus jornadas son de diez horas diarias de lunes a lunes. No hay días de descanso ni feriados en su vida. Comenta que se va a descansar con culpa, lo atormenta el pensamiento de poder estar haciendo plata y no estar haciéndolo.

A diferencia de ellos, Noelin (28 años) no duró tanto en Glovo. Ella es diseñadora y con sus amigxs tenían un centro cultural que la pandemia golpeó con fuerza. En mayo de 2020 entró a Glovo y ya en agosto del mismo año dejó el trabajo luego de sufrir un accidente de tránsito mientras repartía. Vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en sus palabras “era una pésima glover”. No le gustaba trabajar en horarios nocturnos ni bajo la lluvia y muchas veces prefería no hacerlo, asumiendo las consecuencias que eso le traía. 

Por el contrario, Matías (31 años, Mar del Plata) organiza su rutina semanal a partir del clima de su ciudad. Desde los 18 años trabaja en mensajería con su moto, le encanta este oficio y desde hace dos años y medio tiene distintas cuentas en plataformas de delivery. 

Por las características mismas de la app con la que trabajan, todxs se ven empujadxs a entrar en un círculo de aceleración constante donde frenar está penado económica y simbólicamente. Teniendo en cuenta esto, la suspensión o anulación de cuentas se convierte en un disciplinamiento claro de los cuerpos trabajadores. Tanto Ignacio (Ciudad de Córdoba) como Matías (Mar del Plata) fueron penalizados con el bloqueo de sus cuentas por parte de la empresa Pedidos Ya. Las excusas esgrimidas por la empresa son distintas en cada caso e igual de falsas, ambos saben que el motivo real de su despido es su organización sindical y su participación en los paros organizados por riders en distintas ciudades del país.

Al mismo tiempo, algo paradójico es que las causas por las cuales todxs ellxs alguna vez han faltado a su trabajo están asociadas mayoritariamente a cuestiones relacionadas al oficio mismo. “Me caí con la moto el viernes llevando un pedido, me esguincé y ahora estoy parado”, cuenta Matías. “El año pasado me agarré COVID porque muchos clientes buscan su pedido sin barbijo”, comenta Fabricio. “Ayer un auto abrió la puerta frente a mí y me lo comí de frente. Siempre esquivo todas las puertas pero ayer no llegué, no pude”, describe Ignacio. 

Todxs tienen historias para contar sobre robos de motos, celulares, plata; todxs sufren en sus cuerpos las consecuencias de la exposición constante. Llegan a naturalizar imágenes de compañeras suyas tiradas bajo colectivos en el medio de una avenida. No quedan dudas de que este es un trabajo de alto riesgo, equiparable a trabajadorxs de subterráneos o aeropuertos. Todxs están de acuerdo con que siendo rider económicamente se sobrevive pero bajo ningún punto de vista se condice la remuneración con el nivel de exposición que se asume en este rubro. 

“Hace poco hubo paro de choferes de líneas de colectivo en Córdoba y uno de los delegados comentó que los choferes de colectivos no tienen jubilados porque a la edad de jubilación, la mayoría mueren”, relata Tomás. Y se anima a reflexionar: “Si nosotros tuviésemos la posibilidad de jubilarnos de este trabajo, no llegaríamos a la edad, estaríamos muertos mucho antes.” 

Me cuidan mis compañerxs

Es claro que el trabajo que realizan lxs riders es vital. Llevar comida, agua, facilitar herramientas de trabajo, etc. es una tarea esencial que toma especial relevancia en momentos donde la circulación debe ser reducida. Sin embargo, estxs trabajadorxs cargan sobre la espalda con el peso de ser un oficio poco valorado. A pesar de que sin delivery la gente no hubiera podido cumplir el ASPO, suele ser visto como un trabajo de segunda o de descarte.

Por eso Matías considera que están a la deriva, que nadie lxs cuida salvo sus compañerxs. Ni el Estado, ni las empresas, ni la sociedad en general: únicamente lxs compañerxs. No cuentan con ART, ni obra social, ni acceso a ningún espacio terapéutico. Tampoco tienen un seguro que garantice la recuperación o indemnización ante el posible robo o disfuncionalidad de sus bicicletas o motos.

Noelin cuenta que en su experiencia como glover tuvo varios inconvenientes. Con la aplicación que se colgaba impidiéndole tomar un pedido, con domicilios de destino en direcciones inexistentes, entre otras. Siempre encontró a otro rider para asesorarla, ayudarla, darle consejos. “Desde la empresa, te responde un robot”, comenta. La situación más límite que relata es aquella en que fue atropellada con su bicicleta y debió elevar a la empresa el motivo por el cual la bolsa de comida que transportaba no llegó a tiempo a destino. En plena crisis nerviosa, el chat de la empresa le hacía preguntas mecánicas que no contemplaban su angustia, su estado de shock. 

“Si no nos ayudamos entre nosotrxs, no nos ayuda nadie”, suma Matías, quien el año pasado estuvo aislado catorce días por COVID-19 y cuyos compañerxs hicieron una “vaquita” para que pueda sobrevivir esos días sin trabajar.  

Entre compañerxs se prestan y alquilan las cuentas cuando alguno sufre un bloqueo y hacen catarsis en las esquinas cuando están a la espera de que entren pedidos. Esos momentos de catarsis son fundamentales, pero Ignacio, Fabricio y Tomás, delegados de su espacio político , coinciden en que no son suficientes. Ellos apuestan a que es necesario politizar la potencia de esa catarsis, convertirla en organización para poder imprimir las demandas en un reconocimiento real que se traduzca en mejoras salariales y de las condiciones laborales. 

La vulnerabilidad lxs atraviesa a todxs por igual. Por eso, más allá de la organización política en sentido estricto, la solidaridad y el compañerismo son parte de la dinámica diaria. “Ha pasado en Mar del Plata… un compañero que perdió la vida. Al otro día, absolutamente todos los repartidores nos manifestamos. Ahí nos unimos todos, no hay diferencia”, cuenta Matías. Después de un silencio profundo, agrega: “Justicia por Emiliano Vidal”.  

La única verdad son las múltiples realidades

En un primer momento Noelín se sentía sola pero después, llega un pedido, se cumple con la tarea y después llega otro, lo mismo. Y así se van pasando las horas hasta cumplir la jornada. El trabajo de rider es cíclico y alienante. En esta repetición constante en la que parece que nada pasa pero al mismo tiempo todo puede pasar en cualquier momento se construye una atmósfera con su propia temporalidad. La aceleración obnubilante del apuro por llegar a destino va de la mano con el continuo estado de alerta que exige tener los ojos bien abiertos. Los espacios de respiro entre pedido y pedido son los momentos donde sucede la catarsis y el encuentro genuino con otrxs. Aún así, “la sensación de puñalada la tenés latente”, dice Noelin. 

El planteo de Fabricio es muy similar, para él “esto no es un trabajo día a día, es minuto a minuto, hora a hora, pedido a pedido.” Por eso, las horas de descanso son vividas como una preocupación. 

La sensación de puñalada de la que habla Noelín hace referencia a la incertidumbre que le genera este tipo de trabajos. En especial, hace hincapié en la ausencia de unx responsable que sea humano, teniendo que dialogar por chat con un robot. Ese límite comunicacional la hace sentir encapsulada. Son otrxs compañerxs quienes tienen el potencial de fisurar esa cápsula, de devolverla a la humanidad. Ella considera que no importa cuánto se intente sistematizar, el margen de error es muy grande. Lo humano sigue ahí, el sistema perfecto se ve saboteado. Las aplicaciones de delivery no contemplan error pero a lxs repartidorxs se les vuelca la comida, tienen accidentes, caídas, se enferman, se les rompe la bici. 

Por su parte, Tomás comenta que lo único que le gusta de ser rider es poder organizarse con sus compañerxs sin que el patrón esté físicamente presente.  Aún así, esa organización no es para nada simple. Es claro que no es lo mismo juntarse en una esquina con dos o tres que convocar una asamblea de sesenta personas. Ignacio considera que es esa particularidad la que ha frenado la lucha por mucho tiempo: 

“Está el que tiene que mantener cuatro hijos y no puede parar. El que cree que organizarse es de “hippies y zurdos”, no le interesa. El que sí se interesa y se suma… Las realidades de lxs repartidores son muy diferentes. Es un trabajo que está tan poco legislado y tan fuera del estereotipo de trabajo estándar que por eso también se amolda a muchas realidades muy distintas. Cuando hay tantas realidades es difícil coordinarlas.” 

Difícil pero desafiante. A pesar de la complejidad, tanto Matías en Mar del Plata como Tomás, Fabricio e Ignacio en Córdoba insisten en la importancia de una organización de trabajadroxs de plataformas que sea plural y democrática. 

“Consideramos que la asamblea es el método más democrático que existe, aunque sea cansador”, dice Ignacio. Fabricio suma que “la asamblea es lo más plural que hay. Nos juntamos treinta, cuarenta personas, tiramos ideas y votamos.” 

Al preguntar cómo ven el trabajo de rider de acá a cinco años, Matías imagina más cooperativas de mensajería e incluso se anima a concebir una app creada por trabajadorxs de delivery. Por su parte, Tomás, Ignacio y Fabricio confían en que la lucha y la organización lleven a la conquista de las demandas de lxs trabajadorxs. 

De esta manera, la congregación de los cuerpos y las diversas voces sigue siendo el ritual que promete las resistencias más añoradas ante la frustrante cancelación de futuro que proponen las economías de plataforma.
 

Felicidad instantánea

Al momento de escribir estas líneas, el eslogan de Pedidos Ya es “felicidad instantánea”. Según  Ahmed, “la felicidad [en nuestras sociedades] nos brinda un punto final, un modo de impedir que una respuesta se convierta en otra pregunta”. Es interesante ver cómo los discursos que se hacen de este afecto propician la clausura, la exclusión de posibilidades. Como si en lo que concierne al futuro ya no hubieran decisiones posibles de tomar. Esta forma de concebir la felicidad coincide con la lógica propia de la época global en donde la identificación entre realidad y capitalismo es total y genera una atmósfera que actúa como una barrera invisible impidiendo el pensamiento y la acción genuinos. 

Podemos pensar que el eslogan de esta empresa en particular funciona como cristalización semántica de toda una serie de dispositivos que moldean la experiencia de lxs trabajadorxs de plataformas. A partir de los relatos de Noelín, Tomás, Ignacio, Matías y Fabricio vemos distintas aristas de la individuación propia como seres precarios. Es decir, individuxs que quedan solxs frente a la realidad. Una realidad única, homogénea, irreversible, sin fisuras. En su cotidianidad la exigencia, la exposición a altos riesgos y la individualización son extremas; la angustia y la sensación de soledad, también.

En las voces que dan cuerpo a este texto podemos rastrear un anhelo de construcción que parte de la vulnerabilidad compartida; tomando la herida no como ansiosa de cauterización sino como punto de partida para la imaginación política. Desde las redes solidarias intuitivas, las intimidades colectivas materializadas en los espacios de catarsis, las asambleas autoconvocadas, lxs trabajadorxs de plataformas irritan las narrativas de fluidez propias del realismo capitalista. Interrumpen el paradigma ansiógeno –este que nos empuja a la necesidad de resolución desesperada– de forma breve (los minutos que tarda en llegarles un pedido al teléfono), sabiéndose dispersxs y  precarixs y por ende, dejando al descubierto la matriz totalizante y simplificadora productora de efectos psicopolíticos devastadores sobre sus cuerpos. Sutilmente generan estrategias cotidianas de cuidados que hacen de sus mundos lugares menos hostiles, permitiéndo de esa forma cargar con mochilas menos pesadas. 

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