La selectividad de la cultura de la cancelación y el poder como factor indiscutible

.txt > Micaela Rodríguez

.jpg > Milena Benmuyal

El peligro de convertir la herramienta de las redes en una suerte de panóptico del pasado y el presente que esté a la orden del día al momento de planificar operaciones políticas y pedir cabezas no implica sólo un peligro ético sino uno concreto que es generar mayores niveles de desigualdad entre quienes logran salir impunes de eso, y quienes son condenadxs y eliminadxs para siempre de los ámbitos o espacios que ocupan.

Estamos en presencia de una era en la que los conflictos dentro y fuera del ámbito político se vuelven difíciles de explicar en pocas líneas, y en los que la brecha entre aquello que se discute de cara al pueblo y con el pueblo es cada vez más amplia con respecto a los microclimas militantes. La agenda de aquello que se discute en muchos ámbitos político militantes, los temas que explotan en las redes sociales de estos sectores, y los temas del momento de la academia parecen muchas veces no permear en la sociedad en su conjunto, y si lo hacen lo que ocurre es que cualquier tema se ve atravesado por la famosa «grieta» histórica entre peronismo /anti peronismo/ izquierda/ derecha o progresismo vs conservadurismo, fenómeno fuertemente influenciado por lo que los medios de comunicación imponen tomando los temas que muchas veces comienzan por imponerse en las redes sociales, según su conveniencia. 

Con la complejidad de una coyuntura donde además los nuevos exponentes de las neo derechas utilizan temas instalados por sectores del progresismo, principalmente la agenda de algunos feminismos, la diversidad y ciertas minorías para tergiversarlos y usarlos en favor de sus intereses político electorales, dándoles un contenido o contrasentido propio desideologizado, banalizado y absolutamente vacío de variables vinculadas a cuestiones de clase. 

La cultura de la cancelación, como fenómeno novedoso que va ganando espacios y a su vez comienza a ser cuestionado sobre todo por algunos intelectuales no escapa a esa complejidad y mucho menos a esa utilización por parte de los sectores de la derecha en sus distintas formas y expresiones. 

Varios son los ejes a discutir en torno a esto, pero me interesa pensar principalmente en la cuestión selectiva. 

El problema de la cultura de la cancelación es que no se mete con los poderosos, con los verdaderamente «cancelables», y si lo hace en casos aislados y minoritarios no estaría pudiendo ganar esa batalla, simplemente porque quien tiene poder logra sortear rápidamente los obstáculos del ostracismo. 

Poder que puede traducirse en ser amigo de los grandes medios, contactos donde más convenga tenerlos, dinero para comprar opiniones y callar otras, amigos con buena reputación y lados oscuros ocultos, un combo que asegura impunidad asegurada. 

Entonces la sensación que tenemos algunxs es que quienes no cuentan con ese combo que asegura impunidad pueden desaparecer de la escena pública por algo tan mínimo como omitir una opinión equivocada atravesadxs por una educación machista y patriarcal por la que aún hoy todxs estamos atrevesadxs. Usar un lenguaje no adaptado a las nuevas formas de inclusión-formas que aunque están naciendo exigen muchas veces que la ciudadanía se comporte como si ya estuviesen establecidas en todas las generaciones y campos-pero que quienes cuentan con el «combo impunidad» pueden cometer los delitos más atroces, garantizar a su vez impunidad a quienes los cometen, sostener sus negocios turbios mientras sonríen a cámara con un cartel de «Ni una menos», que nadie pero nadie los va a tocar. No solo no van a tocarlos, en muchos casos van a sonreír junto a ellos si la coyuntura política lo amerita. 

Los secretos a voces de quienes son los que manejan o al menos facilitan y permiten que se sostenga la impunidad como forma de vida para quienes perpetúan los delitos más graves en contra de la integridad de las mujeres es sabida, sospechada, imaginable, pero muy pocas veces puesta en escena, visibilizada, señalada, cuestionada al menos. Muchxs de esos son parte de espacios políticos progresistas (por usar una palabra que abarca mucho y dice poco pero que actualmente todos parecen entender) que levantan las banderas de la diversidad, la igualdad de género, la lucha contra la violencia hacia las mujeres y diversidades, espacios que han garantizado y luchado para que la legalización del aborto en Argentina hoy sea una realidad. 

¿Si exigimos coherencia por qué no logramos ser coherentes? 

Por qué naturalizamos entonces por ejemplo que quienes están sospechados de crímenes políticos que marcaron la historia reciente de nuestro país no solo no estén «cancelados» sino que sigan sosteniendo cargos públicos de importancia, pero después somos implacables contra quienes manifiestan alguna opinión que no se adapte al nuevo paradigma? 

El peligro de convertir la herramienta de las redes en una suerte de panóptico del pasado y el presente que esté a la orden del día al momento de planificar operaciones políticas y pedir cabezas no implica sólo un peligro ético sino uno concreto que es generar mayores niveles de desigualdad entre quienes logran salir impunes de eso, y quienes son condenadxs y eliminadxs para siempre de los ámbitos o espacios que ocupan. 

Lo preocupante y llamativo es que quienes no logran superar esas instancias de señalamiento masivo son en general quienes cometen errores menores, pero están vinculados de alguna manera a los sectores populares, o a quienes en términos políticos plantean discusiones de base y exigen transformaciones reales a los niveles de desigualdad, violencia y destrucción capitalistas; pero aquellos y aquellas vinculadas a los grandes poderes reales en su impunidad incluso ética como mucho pasarán un mal momento, serán tendencia en twitter uno o dos días pero no van a perder su poder, su presencia y su influencia. Entonces nos encontramos con escenarios donde dirigentes sociales son casi crucificados por hacer uso de la palabra públicamente sin la absoluta corrección necesaria y exigida y por otro lado políticos profesionales acusados de crímenes que continúan en sus cargos y seguramente van a morir ocupándolos. Ni hablar de lxs exponentes de la derecha, no solo políticos sino periodistas, empresarios, artistas que no solo gozan de impunidad sino que hacen uso ellos mismos de la cultura de la cancelación contra los antes mencionados. Esxs directamente viven en un mundo paralelo desde el cual observan como la corrección política ya no se les exige a ellxs sino solo a sus enemigos públicos, lo cual les da mucha más ventaja a la hora de instalar temas y agenda sin tener que estar midiendo el uso del lenguaje, o lo inclusivos que son. 

El feminismo como fenómeno enormemente amplio que supo marcar agenda e imponerse en los últimos años, generando los cambios positivos más grandes de las últimas décadas, tiene que poder darse esta discusión de forma seria, asumir las disputas internas que por momentos parecerían darle mucha ventaja a aquellos sectores que desprecian a los sectores populares desde un feminismo que lejos de querer transformar la realidad en términos colectivos, poniendo el foco en aquellxs que más necesitan que la cosa cambie y cambie ya, solo buscan imponer relatos ajenos a las urgencias populares, creyéndose dueñxs de una mirada iluminada de la realidad y una superioridad sustentada en la cantidad de seguidores en las redes sociales, o al número de la facturación del último mes gracias a los ejemplares de libros vendidos o a la importancia del cargo ocupado. 

Hay que luchar contra una realidad donde lo impopular busca adoctrinar a lo popular, no importa las herramientas que usen para eso, el objetivo es siempre el mismo, seguir imponiendo el individualismo y el liberalismo como forma de vida, disfrazados o no de inclusivos y diversos. 

En el país en el que quienes fueron torturados, desaparecidos y asesinados por luchar por la construcción de un mundo menos injusto y desigual, tuvieron que soportar una teoría que logró instalar la lógica de la violencia en «ambos bandos» que los igualaba a la oscuridad y perversión de sus verdugos, no podemos permitir que todo de lo mismo, porque cuando todo da lo mismo, y se instala en la sociedad que todos tenemos el mismo nivel de responsabilidad, siempre ganan los verdaderos responsables.

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