Islas Verdes, la última esperanza de los pulmones verdes en el AMBA

.txt > Carlos Gradin

El temor por la posibilidad de un desarreglo ecológico generalizado, y quizás irreversible, se instaló hace no tanto tiempo, y se difundió en simultáneo a una crisis de legitimidad en buena parte de las sociedades democráticas conocidas. La pregunta acerca de qué hacer frente a esta encrucijada histórica sobrevuela en todos los análisis sobre la situación ambiental planetaria.

El conflicto ambiental que atraviesan las sociedades humanas se disgrega en frentes simultáneos: calentamiento global, mares saturados de plástico, campos rociados de toxinas, suelos filtrados por cianuro, tendencia general a la extinción de especies animales, reducción de los bosques y otros ambientes de vegetación originaria… La lista abruma y hay pocos intentos de hacer visible la totalidad del problema a escala planetaria. No se ven organizaciones capaces de liderar un proceso global; de lograr el compromiso necesario de todas las sociedades implicadas. La consciencia de la situación ambiental generada por los seres humanos pasó en muy poco tiempo de ser una novedad para los campos de la política y la cultura, a ser percibida como un proceso desmedido, ubicado por fuera del alcance y posibilidades de la acción humana individual, e incluso más allá de la escala local. El cambio ambiental en marcha aparece definido muchas veces como un proceso a punto de volverse irreversible; producido por fuerzas sin vínculos reales con la vida y las decisiones de los seres humanos tomados en forma individual. La idea del “Antropoceno” difundida últimamente es ilustrativa. Propone pensarnos dentro de una nueva etapa histórica que es, a su vez, una nueva era geológica y ambiental. Es, o sería, una época de cambios que nos pasan por arriba sin chances de modificarlos, como las olas de frío invivible que expulsaron del norte de Europa y Asia a las poblaciones de homo sapiens durante las glaciaciones. El cambio ambiental aparece, entonces, como una situación dada frente a la cual quedarían pocas opciones disponibles; éstas, destinadas a tomarse en ámbitos de la política alejados de las discusiones realizadas en otros espacios de la vida social. El temor por la posibilidad de un desarreglo ecológico generalizado, y quizás irreversible, se instaló hace no tanto tiempo, y se difundió en simultáneo a una crisis de legitimidad en buena parte de las sociedades democráticas conocidas. La pregunta acerca de

qué hacer frente a esta encrucijada histórica sobrevuela sin respuesta definitiva en todos los análisis sobre la situación ambiental planetaria.

En este contexto surgieron, en los últimos tiempos, organizaciones dedicadas a impulsar la protección de áreas naturales ubicadas dentro del territorio urbano. Hace tres años se conformó la Red de Áreas Protegidas Urbanas (RAPU), un intento por acercar experiencias y compartir herramientas disponibles para crear y proteger estos espacios, centrada en principio en el área metropolitana de Buenos Aires.

Se trata de áreas protegidas en lugares todavía no ocupados por el crecimiento de la ciudad. La red reúne a espacios defendidos casi siempre por grupos de vecinxs, en áreas que van desde una o dos hectáreas hasta cuatrocientas o más. Son áreas de una diversidad enorme.

Reserva Natural de Laferrere, La Matanza

Hay predios abandonados como el Aeródromo de Laferrere, un predio descrito como el “último pulmón verde” de La Matanza, donde florecen porciones de pastizal pampeano y una zona de talar. O son porciones menores de terreno, como la del Cauce Viejo del Riachuelo, ubicado en los fondos de un parque detrás del Autódromo de Buenos Aires, donde se preservan especies de flora nativa casi extinta en el resto de la Ciudad, además de un área arqueológica con restos de la primera ocupación prehispánica descubierta en Buenos Aires.

La Red llama a proteger un área, a mantenerla disponible sin construcciones, sin convertirla en basural o estacionamiento ni barrio privado. Se propone dejarla evolucionar por sus propios medios, sin intervenciones humanas salvo las destinadas a protegerla, capaces de regenerar su flora y fauna, y, de ser posible, promover sus especies nativas para devolverle, al menos en parte, su situación “originaria”.

Los grupos reunidos alrededor de estas áreas son tan diversos como los territorios. Van desde vecinxs dedicados a exigir al municipio el cuidado de un área ya protegida, como en el caso de la Reserva Municipal de Lomas de Zamora, donde se defiende un área de flora nativa al borde de la Laguna de Santa Catalina, con alto potencial para actividades educativas, pedagógicas o de simple ocio improductivo, si no fuera por la desidia de algunxs funcionarixs.

Isla Verde, El Palomar

Hay otros casos donde las áreas todavía no existen formalmente pero son sostenidas por grupos como los reunidos en torno al Arroyo Irigoyen en Vicente López, a orillas del Río de la Plata, donde conviven porciones de pastizal, bosque y ribera rioplatense, y donde hasta los años ‘70 funcionó el famoso balneario El Ancla (su historia terminó cuando una clausura por la supuesta contaminación del río permitió rellenar con escombros el área para crear un negocio inmobiliario con los terrenos; un plan abandonado, a medio construir, que terminó dando lugar a un espacio natural a medida que el río y los sedimentos regeneraron su vegetación sobre las ruinas del relleno, tal como sucedió también por esos mismos años en el Balneario de la Costanera Sur de la Ciudad de Buenos Aires).

Las propuestas de crear áreas protegidas dejan expuestas las tramas de intereses no dichos, negociados o simples olvidos, en espacios devenidos invisibles. La Asamblea de Vecinos por la Selva Marginal Quilmeña se reúne desde hace años para generar actividades, visitas y avistamientos de aves en el área costera del Río de la Plata. Frente al desinterés del municipio, intentan recuperar el ambiente costero y las playas de Quilmes, sin planes para su aprovechamiento, casi olvidadas por completo desde hace décadas por sus habitantes, pero perseguidas por proyectos de desarrollo inmobiliario para crear zonas residenciales de lujo al estilo de Nordelta y Puerto Madero.

Y para hablar de zonas invisibles, en realidad no hay mejor ejemplo que el de las áreas naturales ubicadas en el territorio de la Cuenca Matanza Riachuelo. Toda la región rioplatense en realidad, surcada y nutrida por ‘paisajes de agua’, donde arroyos, humedales, lagunas, ríos incluso como el Matanza, el Reconquista, el Luján y sus afluentes bañan territorios y construyen identidad. En general, sitios cercanos o asociados al agua, caen en la bolsa del desprecio y el desinterés, por su mala prensa histórica. De construir sentidos contrahegemónicos se trata.

Este territorio donde habitan seis millones de personas fue dado de baja desde hace años del imaginario político y cultural del país, asumido como muerto y sin valor, pero preserva algunos de los espacios ambientalmente más ricos y significativos del área metropolitana.

Reserva Natural de Santa Catalina, La Matanza

En la Cuenca se extienden áreas como la Laguna de Santa Catalina en Lomas de Zamora, ya mencionada, la Laguna de Rocha en Esteban Echeverría, el área de Ciudad Evita en La Matanza y los famosos Bosques del Centro Recreativo de Ezeiza. Todos conforman un núcleo ambiental de cientos de hectáreas cada uno, con espacios de humedal, pastizal, talares y vegetación asociada al río Matanza Riachuelo, de un valor imposible de exagerar para un territorio en proceso de recuperar, desde hace años, uno de los deterioros ambientales más graves del mundo, según dicen las crónicas.

Crear un área protegida urbana y defenderla implica enfrentar una cantidad de dificultades, agudizadas al extremo en territorios como el Conurbano Bonaerense. Sostener estos espacios significa lidiar con la historia de un desarrollo territorial desigual donde se superponen proyectos de inversión inmobiliaria de lujo, sin regulación ni interés por el bien común de sus alrededores, con tomas de tierra para viviendas de sectores con poblaciones en crisis económica y social estructural. También implica tratar con organismos públicos municipales, provinciales y nacionales encargados de gestionar áreas de importancia ambiental, sin recursos y, muchas veces, sin conocimientos adecuados sobre su situación y el territorio que las rodea.

Todo esto en el contexto de barrios y poblaciones para los cuales las áreas protegidas, o a proteger, no representan un interés particular, o que no cuentan con el tiempo o la capacidad para apoyarlas o acompañar sus procesos de organización. ¿Para qué impulsar áreas protegidas urbanas en este contexto, donde se mezclan la falta de interés con la escasez de recursos y la proliferación de necesidades siempre más urgentes que las de asegurarle un lugar a los espacios naturales dentro de la trama de la ciudad?

Las áreas protegidas urbanas pueden pensarse como preguntas formuladas desde la práctica. Son interrogantes locales con proyección global o planetaria. El devenir ambiental del mundo es una incógnita, pero frente a él se sostienen exigencias de preservación y acceso a estos ambientes naturales por parte de grupos de conformación muy diversa.

Están los nacidos en sus alrededores, con recuerdos de una infancia transcurrida en arroyos y descampados repletos de vegetación, movilizados para impedir que desaparezcan. Hay docentes interesadxs en el valor de los espacios naturales como paisajes pedagógicos. Hay jóvenes naturalistas, curiosxs y sensibles por ambientes en riesgo de ser removidos en el mismo momento en que empiezan a conocerlos. Y hay artistas dedicadxs a explorar dimensiones imaginarias de mundos capaces de extenderse mucho más allá del territorio.

¿Qué hacer con estas áreas asediadas? Desde hace un tiempo esta pregunta aparece formulada en diversos campos de la cultura y la filosofía. El francés Giles Clément, por nombrar un caso, publicó su Manifiesto del Tercer Paisaje dedicado a pensar el sentido, y los usos posibles de las zonas marginales del orden urbano y rural, caídas en desuso, abandonadas o nunca aprovechadas, relegadas a un limbo administrativo donde aguardan un destino de manera temporal o definitiva. Su respuesta ante estas preguntas es pensarlas como “contrapuntos necesarios”. Sus ideas resuenan en los planes de la Red de Áreas Protegidas Urbanas.

Invita a pensar las áreas -los paisajes- como “un espacio común del futuro”. Llama a “elevar la improductividad al rango político”. A dejar estas porciones de territorio en su condición marginal. Y propone crear nuevas relaciones estéticas y sensibles con ellas, imaginarse un diálogo posible con las ideas de naturaleza e historia sostenidas desde hace siglos por Occidente. Clément llama a “valorar el crecimiento y el desarrollo biológicos por oposición al crecimiento y el desarrollo económicos”.

Quizás las áreas protegidas, desde su condición local y ultra-específica, contengan las preguntas necesarias para destrabar un callejón sin salida.

Tal vez sean disparadores para hilar ideas necesarias, todavía por venir. Quizás sean una manera de vincular los territorios locales con la experiencia global del ambiente. ¿Qué cambios serían posibles a escala planetaria si las comunidades locales no contaran -o no cuentan, todavía- con la capacidad de hacer posibles espacios protegidos para llevar adelante su propia experiencia ambiental, para ensayar a través de ella otros modos de ocupar el espacio? ¿De dónde podrían salir las respuestas necesarias para crear y comprender nuevos modos de habitar el planeta

-que todo indica se necesitan desarrollar de manera veloz-, si no fuera posible hacerlo mediante investigaciones llevadas adelante en áreas como las de la Red o las del Tercer Paisaje de Clément? ¿Qué cambios globales serían posibles si estos proyectos de áreas protegidas no prosperaran, si ni siquiera fuera factible dar lugar a un área de pastizal pampeano donde salir a caminar? ¿Y, en realidad, cuáles serían los temas más urgentes hoy por hoy? ¿O cuántos otros campos ofrecen la posibilidad de investigar, como lo hacen las áreas protegidas, o a proteger, el espectro de decisiones y estrategias sobre el futuro del planeta?

Facebook: RAPU (Red de Áreas Protegidas Urbanas)

Artículo también aparecido en Segunda Época, nr1, 2019.

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