David Viñas, un mestizo de la patria

.txt > Facundo Milman

Hace diez años partía de la tierra de lxs mortales David Viñas, fundador de la revista Contorno y autor de Literatura argentina y realidad política. Su obra marcó modos de la crítica y sus operaciones signaron por siempre las relaciones entre tradición y vanguardia.

“No es la cantidad lo que determina un pecado, sino el espectáculo”

David Viñas.

Boris David Viñas falleció hace diez años. Esther Porter, su madre, era una ucraniana anarquista judía, una ashkenazí, y Pedro Ismael Viñas, su padre, el primogénito de una familia andaluza. David Viñas, por lo tanto, era hijo de la cultura de mezcla, pero también nos atrevemos a pensarlo de otra manera: David Viñas era, en lo fundamental, un mestizo. Un mestizo del judaísmo anárquico de su madre y el radicalismo diaspórico de su padre. Más que un judío y un radical. A 10 años de su fallecimiento, a 10 años del final de su vida terrenal, proponemos leer una vida signada por el revés de la página -y ya no solo por el revés de la trama-. David Viñas, un mestizo de la patria. El primer nombre, Boris, es de origen ruso y su significado es fuerte, violento o bárbaro. Un nombre inscripto en el exilio del sentido, pero más que eso: el mestizaje aparece a partir del primer nombre elegido, es decir, la barbarie está signada en el nombre propio. No obstante, David Viñas no era solamente un docente, ensayista y novelista, sino también un crítico literario ya que la renovación de la crítica literaria argentina es hablar de él y Contorno. Si bien fue fundada por David e Ismael, la revista deja sus vestigios para recuperarlos en el futuro: Contorno deja un legado y una herencia por reclamar. La crítica y, sobre todo, la crítica política conjugada con el lugar del intelectual crítico -que se constituye desde el propio pesimismo- nos marca la distancia del gran cataclismo que nos asemeja: David Viñas entre su tiempo y el nuestro, un mestizaje por venir.

La primera década sin David Viñas en el plano de la trágica existencia nos sigue hablando desde su alteridad. “La literatura argentina empieza con una metáfora mayor: la violación”. Esta inscripción en la crítica, en la lectura y en la escritura de la lectura sigue acosando el desierto de la errancia. Un Libro se abre y, a partir de ahí, se escribe Literatura argentina y realidad política (1964), el Libro de la crítica literaria argentina. Sea un libro sagrado o un libro secular, sea la Biblia o El matadero, nos da igual: escribir es una responsabilidad indeclinable para intervenir en el debate público y, sobre todo, en la política. Antes que el crítico y la renovación, pensamos en el lector David Viñas y, si es que existe el judaísmo en él, eso se encuentra en la lectura y, posteriormente, en la escritura porque lo judío es la forma de leer el mundo y escribir una falta que solo se puede encargar alguien con un gran sentido de responsabilidad como ocurre con un intelectual crítico. Y sin embargo, el legado de “la compañera Esther”, como la llamaban los obreros anarquistas de la Patagonia, ¿será recuperado en algún momento de su vida? En todo caso, David Viñas fue un mestizo: más que un judío. Este es el interrogante que planteamos para pensar a David Viñas, el pecador (y un mestizo) de la patria, y como podemos extraer del epigrama sabateísta: “dado que todos no podemos ser santos, seamos todos pecadores”.

David Viñas mezcla el carácter tradicional de su madre y padre para pasar a la crítica literaria y la crítica política. Quien querría ingresar al sistema debía renunciar o crear una nueva forma tomando elementos de su tradición, en algún sentido, como lo hizo Sigmund Freud a partir del complejo de Edipo: retomar los valores judíos de su Shlomo Freud, las enseñanzas de la Haskalá adoptadas por su padre, la asimilación judía en su apogeo vienés y los problemas psicológicos de la burguesía judía. Este era el costo por pagar: combinar la tradición materna, el carácter rebelde del anarquismo, junto al radicalismo paterno y el antecedente andaluz. En aquel gesto también podríamos pensar en inscribir el parricidio. La operación contorniana se basaba en eso: matar a los padres (literarios), pero aquí también matar a los padres de sangre para luego recuperarlos porque así funciona la tradición -la narración de las generaciones-. Por lo tanto: Creación, Represión y Recuperación se convierten en categorías transgeneracionales. La escritura en David Viñas emerge como venganza en el humus de su ademán: venganza por su padre con el carácter contestatario del anarquismo de su madre.

El número 5-6 de Contorno, que se encuentra dedicado a la novela argentina, tiene un artículo titulado: “Los dos ojos del romanticismo” firmado por Raquel Weinbaum, un seudónimo de David Viñas. Sin dejar de tener en consideración cómo Viñas recupera un apellido judío, por caso, Weinbaum, también escribe sobre un texto de Esteban Echeverría. Entonces nos topamos en esta escritura con un doble movimiento: por un lado, firmando con un apellido judío y, por otro lado, escribiendo con la tradición de la literatura argentina. Nuevamente, en la lectura de Viñas aparece el mestizaje: no solo el apellido judío y la escritura como venganza, sino también la tradición literaria argentina. Está realizando un parricidio: el asesinato de Marmol. Y, si por algo se caracterizó la generación Contorno -entre los que se inserta David Viñas-, fue por tratar de demoler la literatura argentina. Demoler cuestionando el canon de la literatura como es el hecho de Marmol. Cuestionar los límites establecidos, las instituciones literarias y, al fin, la Ley. Viñas elige trabajar El dogma socialista (1873) de Echeverría donde se anuncian las palabras proféticas: “El mundo de nuestra vida intelectual será a la vez nacional y humanitario: tendremos siempre un ojo clavado en el progreso de las naciones y el otro en las entrañas de nuestra sociedad”. No hay dos sin tres. La unión de dos elementos nos lleva a una terceridad: un entre. Esta escisión no está declarando más que una idea, la del progreso, y una materialidad, la de la carne. Por un lado, Viñas explica el ojo clavado en “las entrañas de nuestra sociedad”, o sea, el aquí: “(…) se advierte en seguida el esfuerzo constante por atenerse a lo dado, por afirmarse sólidamente en los datos inmediatos (volumen, edad, mejillas, labios, frente, ojos, ropa) (…)”, el aquí en Viñas es lo dado, lo propio, lo inmediato, en suma, el cuerpo que luego será retomado en Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar (1977). Por otro lado, el allá o “el ojo clavado en el progreso de las naciones”: “El ojo que quiere reconocer, saber; táctil, sensible pero con una tensa voluntad de realidad, de ponerse en situación antes de dilucidar, de firme imperativo de constreñirse, de empeñarse por una estrecha y enmarcada para alcanzar el descubrimiento sustantivo”. El allá es ese ojo que está mirando más allá que lo propio, que mira para afuera, pausado y que escruta en lo recibido -en el legado-, ¿quizás también el alma, la civilización y las ideas que escribió el liberalismo argentina en el siglo XIX?

“Cuando se murió mi vieja llegó una delegación de obreros de la Patagonia encabezados por Alfredo Nascimendo, que había estado estaqueado por tres días por el ejército, y traían una placa que decía «a la compañera Esther, los compañeros de la Patagonia». Mi viejo nunca se animó a ponerla”. Ismael Viñas.

Pilar Roca cuenta que en una conferencia celebrada en Buenos Aires, David Viñas pronunció las siguientes palabras: “Vos elegiste a nuestra madre y yo elegí al viejo”. Así los legados de los padres se escinden de una manera tajante según la visión de David. El radicalismo, el catolicismo y lo andaluz de Ismael Pedro Viñas le corresponde a David mientras que el anarquismo, el judaísmo y “lo ruso” le queda a Ismael. La conferencia está signada por un recorrido familiar donde se van desenvainando los legados transgeneracionales, los recorridos y, en último lugar, la vía de su madre que también lo define. Es decir, David Viñas acoge a su madre a regañadientes, aunque ella lo define. Tanto David Viñas como Ismael Viñas son dos caras de la misma moneda: son mestizos. Al finalizar, vuelve a pronunciar la sentencia como modo de reafirmarse en un legado: “Mi hermano Ismael, podría decir, optó por el emblema de mi madre, yo opté por el emblema de mi padre”. Por el contrario, Ismael Viñas responde a David a través de la revista literaria Noaj creada y dirigida por Leonardo Senkman: “David hizo una construcción casi sin flecos sueltos, para dividir papeles: él, el bárbaro, eligió a nuestro padre, se refugió en España de la matanza en Argentina, pasó a México y volvió, y a mí, que elegí Israel, me asigna el lado de nuestra madre. Obviamente el lado judío. ¿Quizás también el de la civilización?”. Ismael no solo escribe una respuesta asertiva a la interpelación de David, sino también termina el texto de una forma judía: con una interrogación. Ismael, al figurarse como una víctima de la argumentación de David, puede preguntarse si le es asignado ese lado: el de la civilización, el de la violencia legítima y, por sobre todas las cosas, el del judaísmo. Ismael es preciso porque sostiene que David hizo una construcción “casi sin flecos sueltos”. Casi, pero había un fleco suelto: el fleco de la madre. David Viñas lo dice al inicio: “Vos elegiste a nuestra madre”. Porque si es nuestra significa que también le pertenece e Ismael ahí puntualiza la construcción casi perfecta, pero no perfecta. El mestizaje de David Viñas es constituido a partir de su madre, recogiendo a su padre y tomando el legado del anarquismo -la característica rebelde frente al poder establecido- y la venganza como escritura. Venganza a las palabras de Yrigoyen al juez Viñas entre 1920 y 1921: “Usted no entiende, Viñas. A las instituciones, que son los pilares de la sociedad, no se las puede cuestionar”. Sin embargo, volver a recuperar a David Viñas. Recuperarlo como una voz mestiza proveniente de nuestra Argentina. El revés de la página se nos revela bajo su fundamento original: el carácter rebelde de nuestra literatura y la escritura como una forma de venganza. Lo oculto, lo negado y lo silenciado por el mismo David Viñas viene como un Mesías a traernos una nueva lectura: la lectura mestiza. La función de la crítica es, escribió Nicolás Rosa, leer lo negado por la misma literatura (la literatura es censura): las escrituras silenciadas, las obras excluidas de los sistemas, las voces acalladas o aquello de cada texto que ha sido ensombrecido por las lecturas oficiales: aquello intersticial entre el exilio y el destierro. Así la crítica literaria y política estaría cumpliendo su cometido: leer lo silenciado. Entre el exilio y el destierro: la errancia. Y el único testigo de la errancia es la escritura, es decir, morir en la vida terrenal y perdurar a través de la palabra. La escritura es el intento por aferrarse a este mundo. David, de algún modo, cumplió con su tarea: vivir en el blanco de la letra

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