#16: El Cuerpo de Cristo y las Piernas de Tina Turner

.txt > Amadeo Gandolfo

¡Hola, amigxs! Bienvenidxs a una nueva entrega de El Evangelio del Coyote, un newsletter sobre arte, política y basura. En esta ocasión: el caso Britney Spears como un eslabón más en la práctica histórica de la industria musical consistente en explotar a niños y jóvenes; y un rescate de las primeras tiras de Landrú a.k.a. Juan Carlos Colombres, humorista gráfico argentino excepcional. ¡Vamos allá!

Mi sueño adolescente terminó

Sin lugar a dudas fue el tema de la semana pasada: Britney Spears, luego de 13 años de verse sometida a una “conservatorship” (un “tutelaje”) abusiva y demencial desde el punto de vista legal, dio su primera declaración pública frente a una jueza, una declaración pública de terrible crudeza, en donde cuenta cosas terribles, y que pueden leer aquí. Estas palabras de Britney son, además, especialmente reveladoras porque ponen fin a una discusión acerca de si ella está bien o mal en su situación actual. Algunas actualizaciones de Instagram y declaraciones públicas previas querían construir una visión de una Britney razonablemente feliz, pero esto ahora se revela como un montaje, realizado por su entorno, para disipar las sospechas. Es que la herramienta de la conservatorship es de una demencia legal tal que Britney prácticamente no tiene agencia. Todo está pensado para que ella nunca pueda salir de la misma: no puede usar su propio dinero, no puede acceder a sus documentos, no puede viajar, no puede votar, no puede elegir sus profesionales de salud, no puede casarse. Simultáneamente, se ve obligada a continuar trabajando para pagarle a todas las personas que la están explotando: su padre, su madre, sus psiquiatras que ante la primera queja le suben la medicación, los abogados que extienden su conservatorship. Es una situación que tiene ribetes similares (sin ánimo de forzar la comparación) con ciertas formas de esclavitud. 

Pero… ¿qué es una conservatorship y cómo llegó Britney a esto? Una conservatorship es una figura legal norteamericana que consiste en colocar a unx persona adulta bajo la tutela de otrx porque se considera que no es aptx para manejar sus finanzas y su vida. Es lo que les hacen a lxs locxs. Britney llegó a esto luego de su meltdown en el 2007, del cual todxs conocemos los memes y la icónica foto de ella pelada atacando el auto de un paparazzi, la cual es solo la punta del iceberg de una historia larga de explotación laboral, exposición pública indiscriminada y altas dosis de misoginia en los medios, las declaraciones de sus ex parejas, y en todo el circo mediático para el cual era más importante si Britney era virgen o no que si estaban violando su intimidad. A raíz de ese meltdown sería enviada a un psiquiátrico y un juez la juzgaría incapaz de manejar su propia vida, colocándola bajo la tutela de su padre. Todo esto está bien resumido en el documental que sacó el NYT hace unos meses.

Ese meltdown está para siempre asociado al que es mi disco favorito de Britney, Blackout. Blackout es un disco extraordinario por la confluencia entre vida y obra que presenta y por sus aportes sónicos, que suenan tan frescos hoy como en 2007. Como Station to Station, Exile On Main Street o 13 es un disco de crisis, un disco en el cual el artista se encuentra perdidx, desesperadx, sin saber del todo hacia dónde va su vida. Todo regado con sustancias. Es un disco de extremos, un disco cyborg, en el cual hay una artista simultáneamente inhumanizada por la industria y los trucos sonoros que emplea, y profundamente humana en su pedido de ayuda. Como menciona Tom Ewing en este artículo, el mejor que se ha escrito sobre Blackout, tiene un corazón tenebroso, que él compara con el Black Lodge de Twin Peaks, pero que también se parece bastante a la noche oscura representada en I May Destroy You, una serie que salió 13 años después. 

Pero la conservatorship de Britney Spears pone en primera plana una discusión central dentro de la música pop: la cuestión de la agencia de sus principales figuras. Es un tema que Ewing también trata con maestría en esta entrada dedicada a “… Hit Me Baby One More Time”. Y es curioso como todo el movimiento #FreeBritney ha colocado en primera plana la cuestión de la agencia y libertad de Spears, el abuso a todas luces descomunal al que se ha visto sometida, cuando durante la primera mitad de su carrera, aquella que hizo como agente libre, lo que más se decía de ella era que era un producto manufacturado. Que ni siquiera escribía sus canciones. Que su voz no era lo suficientemente distintiva y precisaba de arreglos digitales. Parece que tuvo que acontecer una iniquidad del tamaño de la que le hizo su padre para que, oh sorpresa, los medios se diesen cuenta de que no está bueno criticar ni minimizar la agencia de las personas que se encuentran en el ojo público, y que, de hecho, es algo precioso y que se debe proteger.

Es que el tema es que el pop es una maquinaria. Siempre lo fue, desde sus inicios. Motown era una fábrica de hits, Hitsville U.S.A. y Berry Gordy gobernaba a sus músicxs con mano de hierro, decidiendo qué grababan y cuando. Antes de eso tenías el Brill Building, una factoría de canciones hermosas escritas por compositorxs en principio anónimos, ocupando un segundo plano detrás de las estrellas. Frank Sinatra y Luis Miguel nunca escribieron una línea. Y si bien hay casos notorios de autores pop (Elton John, Abba, Beyoncé, Bad Bunny) en general la producción de música pop funciona colaborativamente, y la estrella lo es por su carisma, su habilidad para bailar, su imagen, su voz, o cualquier otra combinación de factores que atentan contra nuestra idea romántica de lo que es unx autorx. Y todo esto está pensado con una sola intención: tener el mayor impacto. Generar un momento memorable. Una imagen. Una línea melódica que no te podés sacar de la cabeza. Una canción que se vuelve inoxidable e irrepetible. Es curiosa la pendulación permanente del pop entre lo efímero y lo perdurable: está pensado para golpear en el momento, pero sus grandes canciones, personalidades y actuaciones duran para siempre. Creo que esa disparidad entre objetivos y resultados es lo que ofende a muchas personas (cada vez menos) que desprecian su lenguaje y su forma de hacer las cosas. Pero es una de las cosas que más me gusta del género: tanto su carácter colaborativo, que hace difícil adscribir genialidad a una sola persona (aunque a menudo nosotros lxs criticxs lo intentemos) como su descaro al no ocultar que su objetivo es golpear y romper algo en el momento, partir aguas, impactar, ser la banda sonora de una temporada, sin pensar en el mañana.

Frankie Lymon & The Teenagers

Pero por supuesto que ese formato deja tendales de muertos. Y Britney es simplemente la última víctima de una lista que incluye a Judy Garland, Frankie Lymon, Florence Ballard de las Supremes, Brian Wilson y Michael Jackson (si, ya sé: luego se convirtió en victimario, pero no puedo evitar sentir que si a ese niño que bailaba tan bien lo dejaban simplemente ser niño, otra hubiese sido la historia). Esa maquinaria, como cualquier sistema diseñado para maximizar la productividad, es una picadora de carne que, encima, se complementa con la presencia permanente de sus protagonistas en el ojo público: muy pocas psiquis son capaces de sobrevivir a semejante situación. Y, además, el pop es por definición la provincia de la juventud, con lo cual muchas estrellas acceden a su condición careciendo de las herramientas para protegerse, bajo la tutela de padres o svengalis espantosos. La industria musical está forjada sobre un cementerio.

The Shaggs

Un caso curioso, para no terminar este apartado con una nota tan deprimente, es el de The Shaggs. The Shaggs eran cuatro hermanas cuyo padre, un delirante de nombre Austin Wiggin, tenía metida en la cabeza que debían convertirse en un grupo pop de gran éxito porque su madre (o sea, la abuela de las chicas) así lo había predicho al leerle la palma a su hijo. El demente de Wiggin les compró instrumentos, las puso a ensayar y les financió la grabación de un disco, Philosophy of the World, que suena como un carro viejo, armado con tablas de distinto tamaño, al que pronto se le está por caer una rueda. Lleno de canciones fuera de tono, de baterías que no pueden mantener el ritmo y de voces que no alcanzan las notas precisas. En su momento fue un fracaso absoluto, e, inclusive, la persona que imprimió su primera tirada se robó 900 de los 1000 ejemplares, pero con el tiempo sería redescubierto por los indies y los hipsters, los cuales convertirían esta rara avis en la piedra angular de todo un nuevo género musical: el twee, caracterizado por letras inocentes, canciones cortas y energéticas, ritmos infantiles y voces femeninas.

Habrán leído que en estos días la jueza rechazó un pedido de Britney para remover a su padre de la conservatorship. Esta respuesta, sin embargo, es a un pedido de noviembre. Es una corroboración administrativa. Britney todavía no realizó un nuevo pedido de finalización de la conservatorship que se enmarque dentro de esta nueva ronda de testimonios. La próxima audiencia es el 14 de julio. A esta altura del partido, luego de su declaración, del movimiento social y de la revelación de que verdaderamente lo que le está pasando es explotación de primer nivel, no sé que hace falta para que liberen a Britney. Esperemos que suceda pronto.

La historia es una rama de la caricatura contemporánea 

Si bien en este newsletter se ve mi faceta más crítica cultural/periodística, también tengo un costado (bastante grande, ya que es lo que me da de comer) académico. Es por ello que estoy viviendo en Berlín: gracias a una beca que financia un proyecto cuyo objetivo es reconstruir la red de vínculos sociales, estéticos y económicos entre diversas tradiciones de humor gráfico iberoamericano y, si tengo suerte, armar un archivo digital con ejemplos de distintos países. 

Este trabajo dedicado al humor gráfico (que para mí es una subcategoría de la historieta, me disculparán los puristas) viene de largo y comenzó con mi tesis de doctorado, la cual está dedicada a varios caricaturistas políticos y humoristas gráficos de Argentina entre los años 1955 y 1976. Uno de los grandes protagonistas de esa historia fue Landrú, un humorista gráfico excepcional, moderno y liberal, contradictorio y absurdo, entre lo popular y lo alcurnioso. 

Landrú inició su carrera en 1945 en una revista llamada Don Fulgencio, que había sido fundada por otro enorme humorista gráfico: Lino Palacio. Palacio quería competirle a Guillermo Divito, quien poco tiempo antes, en 1944, había arrancado Rico Tipo. La historia no sería amable con Palacio en esta contienda: Don Fulgencio cerraría al poco tiempo, y Rico Tipo se convertiría en LA revista de humor gráfico de los años 1940s y 1950s en la Argentina, un compendio de tipos sociales que pululaban por el Buenos Aires de aquellos tiempos, sazonada con los impactantes y sensuales dibujos de las “Chicas” que consagrarían a Divito y harían suspirar a los hombres antes del reinado del pin-up. Lino Palacio, sin embargo, se convertiría en algo así como la eminencia gris de los caricaturistas políticos argentinos, paseando su plumín por revistas tan importantes como Primera Plana y Billiken. Asimismo, Palacio tiene en su haber (si bien es previa a la fundación de Don Fulgencio) el haber realizado la crónica de la Segunda Guerra Mundial en caricaturas para el diario La Razón, caricaturas que luego serían recopiladas en cuatro volúmenes de su Historia de la Guerra, hoy inconseguibles, y en aquel entonces muy populares.

Volviendo a Landrú, este autor pasaría a la historia por su estilo humorístico, cargado de un nonsense y un absurdo muy profundo, basado en historias rocambolescas, en retruécanos carentes de sentido, en la invención y popularización de palabras y expresiones (trácate!, mersa, tururú, piruja) y en un sentido de la modernidad que se expresaba en su fascinación con las nuevas músicas, en su elegancia al vestir y en su condición de hombre de mundo, siempre viajando y gozando. Landrú, a la vez, era lo que hoy etiquetaríamos como un liberal, amante del libre mercado, con bastante desconfianza del peronismo y contactos aceitados con diversos políticos y militares del momento. Un personaje fascinante, vamos, difícilmente clasificable. 

Landrú, el tercero desde la izquierda, con los Tururú Serenaders (una banda que organizó para el programa de Tato Bores y en la cual componía letras y música), Tato Bores y Pinky. Imagen cortesía de Fundación Landrú.
Los Tururú Serenaders obnubilados ante una jovencísima Isabel Sarli. Imagen cortesía de Fundación Landrú.

Esta tendencia al absurdo se encuentra por completo presente en estos primeros trabajos que les traigo hoy. Se llaman “Breves Cursos de Historia General” y relatan diversos “acontecimientos” de la historia universal de una forma como solo podría hacerlo Landrú. Estas tiras venían a reemplazar a otras, tituladas “Tablas Instructivas Sobre el Progreso Humano” que procedían, en realidad, de España. Estas tiras se publicaban en la revista española de humor satírico La Codorniz, la más famosa y recordada de los inicios del franquismo, que implantaría lo que me gusta llamar “humor tonto” en la península. “Humor tonto” es una categoría tirada casi al azar por Oscar Steimberg en un texto hermoso en el cual discurre acerca de las dificultades clasificatorias del humor gráfico. Para Steimberg el humor tonto corresponde a aquel de Oski y Landrú, y es aquel en el cual predomina un humorista que no se erige en opinión autorizada sobre nada, que simplemente busca el chiste más ridículo y sin sentido posible, que abandona un poco la condición de caricaturista político para devenir animal productor de comicidad. Steimberg encuentra el origen de este tipo de humor en Saul Steinberg (perdón por el trabalenguas) el extraordinario humorista rumano que inventó lo que podría ser definido como “meta-humor”, un tipo de humor gráfico basado en la experimentación con la línea y en la puesta en escena del dibujo como dibujo. Parte de mi trabajo de investigación reciente tiene que ver con desarrollar y caracterizar de una manera más precisa que es este “humor tonto”, que para mí es una de las grandes revoluciones en la forma de contar chistes del siglo XX. 

Un clásico ejemplo de un «meta-dibujo» de Steinberg.

Pero, en fin: La Codorniz, entonces, establece de manera duradera este estilo en España. Mi hipótesis es que, dado el advenimiento del franquismo como dictadura, las temáticas posibles sobre las cuales hacer humor se habían visto severamente limitadas, entonces se recurre al absurdo. Y allí aparecían estas tiras, que estaban basadas en textos del humorista italiano Giovanni Mosca (quién, además, fue director de la famosa revista satírica italiana Bertoldo), y tenían dibujos de Herreros, uno de los humoristas gráficos más destacados y prolíficos de la revista. Palacio, no sé cómo y por qué medio, ni con cuanta remuneración, las importaba y publicaba en Don Fulgencio. Las tiras son siempre sobre la invención de algo, y tienen una estructura bastante idéntica: primero ese objeto (que puede ser desde la electricidad hasta el caminar) no existía, luego se hacen algunos experimentos que no funcionan hasta que “El Abate Simón (hombre de curiosa doctrina)” comienza a pensar en estos asuntos y logra inventarlo. Pero la sociedad no lo comprende y lo exilia o lo ridiculiza, y el Abate muere sin ver el éxito de su invención. Era una forma de burlarse, fundamentalmente, de la historia. Pero en un momento la tira es discontinuada en La Codorniz y Palacio se encuentra con un agujero. Es ahí que aparece Landrú para contar sus propias historias.

Lo primero que llama la atención de estas tiras es su condición infantil: Landrú pareciera, por alguna misteriosa alquimia de la mente humana, haber preservado su capacidad para razonar de una forma infantil, de esa manera en que los niños dicen “¡Y ahora pasa esto! ¡Y ahora esto! ‘Y ahora viene un monstruo y se come a todos! ¡Y ahora se van a la luna!”. Para que vean, algunos ejemplos:

Deben haber sido de las tiras más fáciles de escribir y dibujar de la historia, porque no hace falta ningún tipo de asociación causal entre las partes, ni hace falta seguir ningún tipo de razonamiento lógico. De hecho, ni siquiera hay un gran intento por burlarse de las características históricas de los procesos y fenómenos que describe, o sea: no hay un intento por parodiar, hay una operación en la cual el sentido deja de existir, colapsa por completo. 

Esto se complementa perfectamente con los dibujos de Landrú. Quienes lo conozcan probablemente hayan visto sus dibujos más maduros, caracterizados por una línea temblorosa y finita, por personajes cabezones con cuerpecitos ínfimos, dibujados casi siempre de frente, carentes de fondos, con personajes ataviados de manera anacrónica o arcaica. Muchas de esas características están presentes aquí, solo que con un trazo aún más infantil, con ojos redondos como huevo (una marca de estilo que denota la influencia de Steinberg), cuerpos aún más violentados en sus proporciones y un amor por el detalle que luego iría abandonando en pos de lograr una línea más sintética y potente.


Y entre estas tiras hay una rara avis, que siempre me gusta mencionar: una tira dedicada nada menos que a Mahoma, en la cuál Landrú se da el lujo de graficar también a Alá. 70 años antes de Charlie Hebdo, un dibujante un poco inconsciente en un mundo muy diferente había roto uno de los grandes tabúes representativos del islam y logrado salirse con la suya. Probablemente porque estaba en el culo del mundo, publicando en una revista leída en un país con una población musulmana pequeña, que todavía no se había radicalizado de la manera en que lo haría a principios del siglo XXI en Europa. Pero también, porque no decirlo, porque el humor con el que Landrú trata a Mahoma en estas tiras es muy otro al humor agresivo y negro que empleaban los caricaturistas de Charlie Hebdo

Finalmente, una pequeña reflexión meta-histórica: ¿qué nos dice de la percepción de la historia la proliferación de series humorísticas en la cual la conversión de sus hechos en el más absoluto de los ridículos es la norma? Probablemente que la historia es una disciplina que, a pesar de todos sus esfuerzos, siempre estará cargada de cierto misterio, de cierta incerteza. Que parte del proceso histórico también se encuentra en perder, olvidar, sumergirse en las tinieblas. Y allí entran las leyendas, las invenciones, las fantasías, las suposiciones, pero también el humor y el ridículo. Sabe dios que cosas más absurdas han sucedido que aquellas que inventa Landrú.


Y con esto llegamos al final, amigxs. La recomendación musical de esta semana es Yo K C el excelente disco de 2018 de Rutamar Zombi Motel, cumbia cacharrera y de bajo presupuesto con sintetizadores de computadorcita, y que tiene una versión de “Pequeña Honduras” de 107 Faunos extraordinaria. Nos vemos en dos semanas. Cuídense mucho y ¡Godspeed!

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