Las derechas ante la pandemia

.txt > Alejandro Kaufman

.jpg > Fabricio Pereyra

La pandemia y el comportamiento respectivo de las derechas podría servir para dar cuenta con mayor claridad de la actual captura de sentidos, que no es ahora sobre lo colectivo y el socialismo, como en el siglo XX sino sobre un alegado vitalismo exento de restricciones en general, asimilable a lo seductor que resultó el primer fascismo para las multitudes en sus comienzos.

No fueron pocas las voces que advirtieron en los inicios de la pandemia acerca del uso metafórico de la guerra. Nos prevenimos de las previsibles consecuencias a las que esa asociación, propia del estado de excepción, podría conducir o habilitar. Mencionar la guerra parece dar lugar a imágenes indiscutibles de un tipo de acontecimiento que, sin embargo, aparte de su propia heterogeneidad, no está al alcance de la experiencia común. Su especificidad y consuetudinaria delimitación, requiere mediaciones estéticas y cognitivas elaboradas. Las imágenes que se nos vienen a la mente proceden de las ficciones, literarias o audiovisuales, ya sea representativas de lo “real” o propositivamente narrativas. De entre todas ellas prevalecen en nuestras representaciones las más metonímicas, que son las pregnantes, frecuentes, “viralizadas”. Escenas de estallidos, abusos, destrucción, mandatos indeclinables, disciplinas rígidas. Y si no, las imágenes preparatorias de la guerra, desfiles, armas exhibidas, discursos sobre fuerzas, paridades, asimetrías; enunciados sobre geopolítica, estrategias…

Para una mente más dispuesta a una politicidad progresiva sobresale la supresión de derechos y silenciamiento disciplinado que una guerra impone. Habrá que permanecer en la inmovilidad, oscurecer cuando sea necesario, resignar racionamientos, no se podrá contar con una esfera pública densa con toda probabilidad funcional al enemigo, se demandarán lealtades y se castigarán las traiciones, o aun las abstenciones. Estos efectos del estado de excepción son los procurados por el belicismo, método privilegiado de las derechas para inventar o usufructuar enemigos internos o exteriores, reales o ficticios, nuevos o antiguos, que habiliten acciones adecuadas para las formas de gobierno respectivas. No hay ni que decir que la eficacia que estas tramas alcancen requiere que no se advierta el constructo, que su naturalización se dé por sentada. Todo ello demanda confianza, confluencia en la unidad obligada que suele concurrir a esas situaciones. Para resultar eficaces, esas tramas requieren también que cuando se las confronte con argumentos y alegaciones, las afecciones devenidas en certidumbres sensibles operen de barrera cognitiva para reproducir creencias y sentimientos. La crítica, o es aviso de incendio y parece anticiparse en demasía, o llega demasiado tarde. En cualquier caso es un artefacto literario retrospectivo que nutre nuestras existencias de modo ambiguamente problemático hacia la politicidad de que seamos capaces o por la que tengamos inclinación.

Una forma contemporánea de concitar el interés por la crítica del belicismo es la biopolítica, constituida por desarrollos teóricos de ya larga trayectoria y riqueza heterogénea, que redefinieron las condiciones de una crítica de la violencia. La mención aquí es necesariamente sucinta. El asunto no es el sentido común o las imágenes corrientes acerca de la guerra o de lo entendido como violencia en general, sino el sistema de referencias que el pensamiento ha proporcionado para dar lugar a tal crítica de la violencia, así impulsado el tópico por un célebre texto de Walter Benjamin. Mientras en el siglo XX tuvieron lugar sucesos de magnitudes mundiales llamados guerras, resultaba ya muy evidente que no eran susceptibles de ser comprendidos del mismo modo en que durante muchos siglos de historia cultural fueron codificados y concebidos eventos así designados.

En cualquier caso hay una inquietud que articula lo que interesa respecto de la pandemia: la prevención del totalitarismo que se eleve bajo pretexto de combatir un peligro. Todo pensamiento crítico supone un compromiso intelectual, filosófico y político con desmontar el aparato totalitario, sea en el pasado histórico, sea en sus incipientes modos de aparecer. Y esa era entonces la preocupación en los inicios de la pandemia, que implicó tanto a los enunciados sobre las metáforas bélicas como a las anticipaciones respecto de las condiciones biopolíticas.

Ha llegado entonces el momento de decir, desde hace ya un tiempo, que esas prevenciones no resultaron acertadas. Ahora podríamos entender mejor por qué tantas intervenciones, como las de Agamben y muchas otras, se advirtieron de entrada como más o menos dislocadas en relación con los acontecimientos.

Las derechas no vinieron por ese lado, ni en cuanto a las metáforas bélicas, ni tampoco procedieron en términos biopolíticos del modo que parecía previsible en contextos precedentes a la pandemia. Las derechas se autodefinieron como defensoras de la libertad. Capturaron para sí designaciones emancipatorias y las confrontaron con las acciones colectivas identificadas con la convivencia social y la supervivencia del mayor número. Plantearon un debilitamiento aparente del lazo social en lugar de su cristalización manifiestamente autoritaria. No alcanza con referir los comportamientos de las derechas solo a que responden a consabidos intereses económicos, porque tal preocupación no es ajena a ningún gobierno ni a ninguna sociedad en el presente pandémico.

La autodescripción como defensoras de la libertad tampoco procede meramente de fuentes liberales situadas en tradiciones orientadas hacia focos específicos donde pretenden prescindir de restricciones o limitaciones, como sabemos, prescindencia por lo general aplicada a la acumulación y gestión del capital, y a la llamada libertad de expresión (ambas en realidad solidarias de una misma concertación de poder despiadado).

Tampoco la captura de vectores emancipatorios por parte de las derechas comenzó con la pandemia sino que ya venía teniendo lugar. Lo cierto es que el fascismo del siglo XX creó un procedimiento contrarrevolucionario consistente en capturar las afecciones de liberación de los colectivos sociales para conducirlos a su cristalización totalitaria. El fascismo era nacional socialismo, empleaba para sí la designación que venía a exterminar. Durante años produjo confusión y no estuvo tan claro como ahora creemos cuál era el destino del fascismo. Después de las derrotas del fascismo en la Segunda Guerra Mundial y de la puesta en común de los horrores a que llegó, olvidamos su génesis, cómo surgió, cómo creció y cómo logró concitar adhesiones masivas antes de revelarse como el aparato totalitario en que devino.

La pandemia y el comportamiento respectivo de las derechas podría servir para dar cuenta con mayor claridad de la actual captura de sentidos, que no es ahora sobre lo colectivo y el socialismo, como entonces –para el socialismo y el comunismo les basta con sostener una difamación metódica sobre su ajenidad supuesta a las libertades-, sino sobre un alegado vitalismo exento de restricciones en general, asimilable a lo seductor que resultó el primer fascismo para las multitudes en sus comienzos. Ahora, mientras las solidaridades colectivas parecen carecer de todo atractivo y son acusadas de promover ataduras y privaciones, lo atractivo resulta ser el repertorio que también suele designarse neoliberal.

La construcción discursiva de las derechas coagula modos de vida multitudinarios vigentes en el capitalismo, consistentes en la circulación de flujos de personas, vehículos, mercancías, signos, todo ello regulado de manera invisibilizada por el capital, que se victimiza en nombre de la libertad ante cualquier intervención distributiva, protectora de las multitudes desaventajadas o reivindicativa de solidaridades colectivas. Son ejemplares los algoritmos invisibles a nuestros ojos pero muy patentes de modo creciente para nuestras existencias que se les subyugan también en nombre y por obra de la circulación y la libertad, a veces llamada viralización. La circulación cada vez más generalizada y veloz materializa un supuesto de libertad que se yergue como tal ante cualquier interrupción no planeada, como pueden ser una huelga o una movilización popular, por ejemplo (siempre exigen de maneras cada vez más enrojecidas de ira que se proteste de otra manera “más creativa”). La pandemia es como si cobrara venganza nuestro propio dispendio de tiempo, sangre y aliento puestos al servicio de tal subyugación. Fue sintomático que no toleraran el nombre de Sputnik porque resulta de modo ostensible una reivindicación de la Federación Rusa hacia su pasado nacional, no importa si comunista. Querrían que la Rusia postcomunista, posterior a la caída del muro, tratara a su pasado comunista como ha sido tratado el nazismo, con el que continuamente comparan. El nombre de Sputnik cuestiona con toda justeza y determinación tal discontinuidad impuesta. El universo soviético caducó pero no todo estuvo tan mal, y las victorias infligidas a su antagonista del “mundo libre” sirven hoy de afirmación nacional cuando se produce un agente farmacológico inherentemente solidario como lo son las vacunas, que solo tienen eficacia y utilidad si se administran a toda la población, y pueden ocasionar males mayores si se distribuyen globalmente en forma parcial o diferida. Es muy notable cómo las derechas que se manifiestan en la esfera pública se niegan a comprender la naturaleza biosocial de las vacunas, y las tratan como si fueran antídotos destinados a salvar vidas privilegiadas y exclusivas (también en nombre de la libre concurrencia al mercado, así como al libre albedrío acerca de cómo actuar en la calamidad).

Hay entonces una guerra, o un conflicto, o una lucha de clases, de intereses, de poderes opresores sobre multitudes y resistencias surgentes por todas partes. La hay pero no es la esperada o predecible. Enfrentamos nuevos escenarios, nuevos lenguajes, nuevas categorías que permiten al presente ciclo de emergencia totalitaria acecharnos con éxito, introducirse de modo inadvertido en nuestro descanso nocturno, cuando la guardia cabecea. Deslindar tales conjugaciones enunciativas llevará más tiempo y concentración en ello del que sería deseable y tendremos disponible. Por algo habrá que comenzar, dejar testimonio, bregar por un esfuerzo de comprensión no obstante que, como sabemos, llegará casi siempre tarde.

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