¿Qué hay de político en la depresión (y en nuestra salud mental)?

.txt > Fran Castignani

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La salud mental es un un territorio público, ambiguo y en intersección. Un campo político en disputa, plagado de tensiones y desacuerdos. No todxs decimos ni queremos decir lo mismo cuando referimos a la salud mental. Entonces hablar, escribir en intersección puede implicar dar cuenta, con la mayor responsabilidad posible, de los privilegios, opresiones y grietas que atraviesan un dispositivo, de sus interrelaciones, cruces y caminos sin salida.

y la peor de todas, mi cuñada

Depresión, 

ésta se instaló en la casa

y no nos deja nunca

CRISTINA PERI ROSSI

Hace unos días que doy vueltas alrededor de una frase de Johanna Hedva: el bienestar tal como es entendido hoy en las Américas es una idea blanca y de ricos.  Blanquitud: disposición a la colonización, a la integración totalitaria, al cercado, a la saturación, al rendimiento, a la patologización, a la extracción de valor monetario. Operaciones generalmente motorizadas bajo el imperativo inapelable de evitar la pérdida y aumentar los beneficios. La utopía terrorífica neocapitalista de una vida sin obstáculos, opacidades ni agujeros. Las pérdidas, los desbordes, los anegamientos, las encrucijadas existenciales como fantasmas y amenazas a conjurar, frente a las cuales deberíamos estar siempre alertas.  Propongo aquí -como también lo hace Hedva- sustituir bienestar por salud mental. Al ensayar esta sustitución, puede que para quien lea estas líneas emerjan algunas inquietudes y preguntas un tanto incómodas: ¿existe esa cosa llamada salud mental? ¿de qué está hecha? ¿quién la hace? ¿para quién? ¿quién sostiene a la salud mental? ¿sostiene a alguien? ¿se puede tocar, oler, comer, usar, desplazar? ¿quién queda dentro y quién queda fuera de sus límites? Más aún, ¿qué sucede con aquellxs que son expulsadxs del territorio usualmente nombrado y reticulado bajo el nombre salud mental?

Quiero hablar de la salud mental en tanto un territorio público, ambiguo y en intersección. Un campo político en disputa, plagado de tensiones y desacuerdos. No todxs decimos ni queremos decir lo mismo cuando referimos a la salud mental. Entonces hablar, escribir en intersección puede ser ser algo así como intentar dar cuenta, con la mayor responsabilidad posible, de los privilegios, opresiones y grietas que atraviesan un dispositivo, de sus interrelaciones, cruces y caminos sin salida. De las estrategias individuales y colectivas de fuga e inadecuación a esos privilegios y opresiones que nuestros cuerpos se inventan para sostener y también fugar de la salud mental. Además de ser una persona blanca y de género no conforme, habito varias condiciones crónicas que me acompañan desde hace varios años. Entre ellas, la depresión, sobre la cual me gustaría abrir una conversación. Cada una de estas condiciones, en sus extrañezas, dificultades y singularidades específicas, me han enseñado y me enseñan mucho sobre la vulnerabilidad, la fragilidad, la debilidad y la inadecuación.  Que quede claro de entrada que al escribir sobre mi experiencia particular con esta condición que me atraviesa, deseo alejarme de cualquier mirada fetichista o romantizadora: no le deseo una depresión a nadie. 

A los 22 años tuve mi primera crisis depresiva. Culminaba mi carrera universitaria, mi futuro asomaba difícil, plagado de incertidumbres. Pasaba unas vacaciones, acompañado de mi mamá, hermanxs y amigxs, hasta que en un momento sentí que toda mi vida se me venía encima. Una implosión del mundo, que aún hoy me cuesta  poner en palabras. No puedo más, recuerdo que alcancé a decirle a mi madre. Sólo quería caminar, alejarme y de haber sido posible, terminar todo ahí, que el mar me arrollara y me llevara con él aguas adentro. Desde ese instante hasta hoy, la depresión fue parte de mi vida cotidiana. A cada crisis seguía un período de relativa tranquilidad, a lo que seguía otra crisis y así. Tuve y tengo el privilegio de contar con muchas personas (humanas y no humanas), familiares, amigxs, profesionales que me ayudaron y me ayudan en los momentos de mayor agobio y pesadumbre. De poder pagar una psiquiatra, un psicoanalista y la medicación correspondiente -un comprimido por la mañana antes del desayuno, otro luego de la cena- que me permite estar medianamente concentrada, escribiendo y compartiendo estas líneas quizás un poco desordenadas. Ese remanso de brazos, palabras, alientos, indispensable para hacerme de una vida más o menos vivible, sobre el que me sostengo para que este mundo sea un espacio menos vergonzante y hostil. ¿Qué sucede cuando no hay redes, escucha, dinero ni persona alguna que esté cerca para dar una mano, disponer una escucha, arrimar el hombro, sostener ciertas preguntas muchas veces inabordables? ¿Qué adviene cuándo el pedido de ayuda sólo es leído en términos de diagnóstico, de patología, de solución o de cura?  

Más aún, ¿por qué la necesidad de hablar de estas condiciones y vivencias en primera persona? Justamente para que eso que llamamos salud mental no siga siendo un lugar alérgico a los cuerpos y a los padecimientos de carne y hueso, para que pueda dar lugar a sus trayectorias rotas y anómalas, muchas veces negadas e invisibilizadas en nombre de cuestiones sociales, económicas, políticas, presuntamente más urgentes e importantes.  Para no dejar que la salud mental sea un terreno sin voces situadas, reticulado, colonizado, expropiado y privatizado. Transformado en un nuevo commodity apto para el consumo del buen ciudadano capitalista, cada vez más integrado, funcional e indolente. No me parece mal que se hable de la depresión ni del malestar psíquico, que por cierto afecta a cada vez más personas  –1 de cada 4, según un cálculo bastante verosímil de la OMS–. Ni que psiquiatres, psicologxs, académicxs, filósofxs, trabajadorxs sociales, artistas, intenten pensar e inventar nuevos abordajes y tratamientos sobre aquello que nos atraviesa. Sólo que estoy un poco fatigada del extractivismo epistémico, económico y político que opera sobre nuestras historias y sobre nuestros archivos personales. De que hablen, escriban, diserten, sermoneen sobre nosotrxs sin nosotrxs. A dicha tecnología de opresión muchxs activistas de la salud mental en primera persona y supervivientes de la psiquiatría hegemónica hace tiempo le pusimos un nombre: cuerdismo. En las prácticas cuerdistas se considera que las personas psico-socialmente diversas, o que atraviesan algún tipo de padecimiento psíquico, somos deficientes. No tenemos derecho a hablar por nosotrxs mismxs, a construir conocimiento por nosotrxs mismxs, a politizar nuestras historias por nosotrxs mismas, sin mediar autorización, patronaje o tutela. El cuerdismo intersecciona y solapa sus insidiosos mecanismos de múltiples maneras con otras variables de opresión, tales como el racismo, el clasismo, el capacitismo, la transfobia, la gordofobia, el sexismo. Y mucho de lo que entendemos por salud mental -observada desde un lugar distinto- resulta no ser más que una articulación de construcciones históricas y contingentes, ancladas sobre prejuicios y estereotipos bio-médico-sociales que poco tienen que ver con pensar el bienestar psicosocial de un modo integral, accesible y  no segregativo.

El 10 de junio pasado, la Organización Mundial de la Salud publicó un documento-guía de enorme relevancia para desmontar estos prejuicios y estereotipos cuerdistas (9789240025707-eng.pdf (madinamerica.com) . Quiero rescatar un párrafo que me parece importante (la traducción me pertenece):

“(…) Los determinantes sociales que afectan a la salud mental de las personas, tales como la violencia, la discriminación, la pobreza, la exclusión, el aislamiento, la inseguridad laboral o el desempleo, la falta de acceso a la vivienda, las redes de seguridad social y los servicios de salud, a menudo se pasan por alto o se excluyen de los conceptos y de la práctica concreta de la salud mental. Esto conduce a un sobrediagnóstico del padecimiento mental y a una dependencia excesiva de los psicofármacos, en detrimento de las intervenciones psicosociales, un fenómeno que ha sido bien documentado, especialmente en los países de altos ingresos. También crea una situación en la que la salud mental de una persona se aborda predominantemente dentro de los sistemas de salud, sin una interfaz suficiente con los servicios sociales ni con las comunidades de apoyo, necesarias para abordar con mayor integralidad los efectos subjetivos de dichos determinantes sociales. (…)”

Diagrama

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             Frame tomado del IG @orgullolocomadrid // Última fecha de consulta: 16/06/2021

salud mental: no existe en sí misma

un campo de relaciones y condiciones

muchas veces invisibles, desfavorables

no entran todos los cuerpos 

ni todas las almas allí

visibilizarnos, sostenernos, habitar

entre esas relaciones y condiciones

destruirlas, rehacerlas incluso

¿pero cómo?

El principal problema que observo en los abordajes sobre la depresión -al menos en nuestro contexto- es que si sólo se puede hablar de -en un falso universal, muchas veces desimplicado y paternalista- automáticamente queda bloqueado el espacio para la escucha de otros timbres y notas. Para la puesta en juego de otros tratamientos posibles, que incluyan, y a la vez cuestionen y desborden, esta idea demasiado sedimentada que dice que en el campo de los padecimientos psíquicos sólo es una cuestión de ajustar controles y equilibrios perdidos, de normalizar procesos y flujos aparentemente desbocados. No somos precisamente nosotrxs quienes estamos desbocadxs. Es nuestro modo de vida turboneoliberal el que nos empuja al quiebre y al malestar como único horizonte de experiencias y sensaciones. Una gestión de nuestro vivir acelerada, brutalizante, nada delicada para con nuestras diferencias, singularidades y rarezas. De ahí la importancia de ensayar y compartir mi primera persona; no porque crea que hay algo especial, novedoso o particularmente interesante en el convivir con la depresión, sino porque tengo la impresión de que no estoy sola con estas emergencias del vivir. Y que estas emergencias, tal y como solemos decir con lxs compañerxs de Orgullo Loco, son nuestro espacio común, desde el cual elegimos politizar nuestras existencias.

Retomando la frase de Hedva del inicio, cabría aquí la pregunta por la relación entre política y salud mental.  Hace ya quince meses que en Argentina vivimos en un contexto de pandemia, más o menos confinadxs (quienes pudimos y podemos hacerlo), temerosxs de un virus que apenas llegamos a conocer, que modifica sus comportamientos y su peligrosidad a un ritmo mucho más veloz del que podemos imaginar. Pandemia que afecta selectivamente de acuerdo con el lugar que cada unx ocupa en la estructura social, y a las posibilidades de recibir algún tipo de ayuda, cobijo o compañía en la incertidumbre que nos toca transitar. Nos encontramos también frente a un sistema de salud fragmentado, desfinanciado, en muchos casos inaccesible y colapsado por una demanda creciente derivada de los efectos de la COVID-19. Pareciera que en esta coyuntura difícil, querer hablar de salud mental en un sentido político resulta innecesario, una especie de lujo dispensable. Una inquietud que, según dicen y aconsejan expertxs de todo tipo y pelaje, no sería tan importante ni urgente de desplegar pública y colectivamente, que podría esperar a momentos más favorables para entrar en la agenda. Entonces se ponen en juego estrategias más o menos pueriles de silenciamiento, de marginación, cuando no de patologización directa. Políticos que acusan a sus contrincantes de “tarados”, semanarios de tirada masiva que responsabilizan a “la clase política” de “enloquecer a la sociedad”, chimenteros que atizan su estrategia de rating abordando el sufrimiento psíquico desde una perspectiva privatizante y morbosa; todos estos gestos cotidianos alimentan la hidra cuerdista, que también es capacitista, que también es racista, que también es transfóbica, que también es sexista. Para debilitar y destruir esta hidra -tarea lenta y muchas veces agotadora- es que intentamos hablar de salud mental desde este otro lado. Fertilizar con algunas preguntas incómodas esta tierra baldía y tantas veces inhabitable. Nunca más sobre nosotrxs ni sin nosotrxs.

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