Planificar el desarrollo

.txt > Adriel Magnetti

.jpg > Matías Zuccoti

Algunos de los desafíos de la #AgendaAmbiental que discute el ambientalismo popular y que se corporiza en las demandas de organizaciones y movimientos en función de una realidad acuciante y urgente. Miradas y abordajes desde la trayectoria de organización embarrada por las conflictividades socio-ambientales en la era post-Greta y pandemia mediante.

La historia social de nuestro país está signada por una riquísima continuidad de organización popular al calor de las luchas por conquistar nuevos y mejores derechos para el pueblo. La tradición de organización es en ese sentido, una marca registrada de la sociedad argentina como también lo resulta la política en derechos humanos que supimos construir. Y los derechos ambientales no son una excepción.

Si bien el pensamiento ambiental criollo podría remontarse hasta Manuel Belgrano, también este territorio tiene historia previa. Una historia ancestral que desarrolló una cosmovisión holística del manejo de la tierra. Quechuas, Guaraníes, Querandíes, Yaganes, Selk-ma’n, Mapuches, Kollas, Qom, Huarpes, Diaguitas y Wichies. Al menos cuarenta pueblos indígenas habitan nuestra patria. Co-habitamos. Y lejos de reducirse a nombres para aprender de memoria en la primaria, representan y siguen representando a nuestra trayectoria cultural, ancestral y local. Para pensar un modelo de desarrollo para la sociedad, no podemos dejar afuera a ninguna de estas miradas nativas como la tierra misma. Así como tampoco debemos ignorar nuestras ascendencias afro o incaicas, la cultura andina y pre-hispánica que viven entre nosotrxs y deben alimentar nuestras propuestas frente a los desafíos de la modernidad. 

No existe desarrollo sin inclusión social. Porque dentro del concepto de desarrollo está contenida la variable ambiental. Intrínseca. ¿Y por qué está contenida? Porque ya es inevitable. Porque, así como los feminismos argentinos y latinoamericanos son inevitables y no hay vuelta atrás, con la dimensión ambiental de la realidad, integrado a la política y a la realidad pública, tampoco hay vuelta atrás porque no hay alternativa.

Hoy estamos aún a tiempo para no correr detrás de las agendas que propone el norte global sino discutir y construir una Política Ambiental Nacional y Federal para Argentina

Ya no queda mucho margen para moverse y la gran disputa de esta era es, como siempre, de sentido. ¿Acaso lo ambiental puede ser otra caja de resonancia vacía, o podemos convertirlo en un emblema, lleno de sentido, hacia la construcción de una patria socialmente justa, solidaria y equitativa?  

Hoy estamos aún a tiempo para no correr detrás de las agendas que propone el norte global sino discutir y construir una Política Ambiental Nacional y Federal para Argentina, que atienda las necesidades de un pueblo hambriento y sediento. Planificar, debe convertirse en una práctica, antes que un deseo o una aspiración. Pensar juntxs el modelo de desarrollo que responda a las vocaciones de este pueblo (y no de otros intereses), es el ejercicio que nos debemos al comienzo de la tercera década de este siglo XXI.

Hoy, el modelo de desarrollo que necesitamos debe garantizar que los derechos básicos incluyan los límites del sistema ambiental en el que las sociedades están contenidas. Pero no solo eso, sino que, a nivel macroscópico, es necesario finalizar con la planificación para la acumulación e inaugurar un nuevo ciclo de planificación para el bienestar o el buen-vivir.   

Entonces, ¿cuáles deberían ser los ejes de una Política Ambiental Federal y Nacional, hacia un modelo de desarrollo con inclusión social?


Las soluciones mágicas

Lo primero que hay que decir es que es necesario abandonar la idea mesiánica de un desarrollo tecnológico instrumental que vendrá a salvarnos. No es que esté todo inventado, pero no hay soluciones mágicas (escritas cual receta para el mundo desarrollado) que por su propia eficiencia técnica resolverán este dilema. Lo que sí existe es un desarrollo conceptual, académico y científico, que en todos los rincones del territorio de nuestro país, viene pensando y proyectando alternativas, ideas y propuestas para mejorar la situación que hoy afrontamos

De hecho, para gestionar desde lo público, para el bien común, es indispensable acercar la ciencia a la toma de decisiones. Mucho más allá del “Gobierno de científicos”, tenemos que repensar las lógicas que apuntan a resultados, en lugar de a procesos. Atender la emergencia socio-ambiental, es complejizar la realidad, es desmenuzarla para buscar las raíces de los problemas. Quien venda una solución esperanzadora y simplista, posiblemente no haya analizado qué ocurre si nos caemos de la linealidad del pensamiento tecnocrático. Si las problemáticas son sociales porque son ambientales, entonces las realidades son complejas y requieren abordajes integrales y holísticos. 

Gestionar la realidad pública en Argentina -en especial la ambiental- implica hacerse amiga de los conflictos. Y además, hacerse cargo de las contradicciones y de nuestra historia.

Jamás podremos reducir la discusión pública a variables dicotómicas de prohibición/habilitación de actividades para un territorio tan diverso y heterogéneo como nuestro país. Cómo vamos a dar lugar al desarrollo de las actividades humanas en cada sitio, necesita de un marco mucho más amplio de análisis. 

Los procesos de Ordenamiento Ambiental del Territorio pretenden eso: analizar todas las variables para discutir mediante una gobernanza multi-nivel.


Disputar sentido

Gestionar la realidad pública en Argentina -en especial la ambiental- implica hacerse amiga de los conflictos. Y además, hacerse cargo de las contradicciones y de nuestra historia. Quien no esté dispuesta a disputar sentido, encontrará las barreras lógicas que este sistema ya ha dispuesto: injusticias, precarización, oídos sordos por parte de las centralidades de los gobiernos y gobierno el mercado cuando el Estado se retira. Ese modelo nos trajo hasta acá. Y “acá” también es la pandemia. No podemos seguir reproduciendo los algoritmos de un sistema construido para la minoría.  

La mirada del desarrollo con inclusión social ahora requiere atender demandas nuevas-viejas: las crisis socio-ambientales, climáticas y socio-ecológicas patean el tablero. Viejas-nuevas porque ahora llega la hora de escuchar y de actuar en consecuencia. Territorios y comunidades crujen al calor de luchas sociales frente a enemigos invencibles. Multinacionales, poderes fácticos, plutocracias que han creído en el modelo liberal de desarrollo. Ahora, ya no podemos ignorar esta realidad, que no solo se manifiesta en cada sitio del país, sino que ha alcanzado a los medios de comunicación de tirada nacional y las calles de Buenos Aires ya muestran algunas movilizaciones lideradas por el movimiento juvenil.

Redefinir el modelo de desarrollo no solo es urgente, sino que demanda entender que lo ambiental no puede ser “una variable más a considerar” sino una convicción, profunda, que nos permita redefinir qué es lo importante

Vemos las réplicas nacionales de aquél sismo que significó la irrupción de Greta Thunberg en la escena de la geopolítica de los líderes del café y la corbata. Ahora el desafío que nos queda es la construcción de un pensamiento nacional ambiental, como nos proponía Alcira Argumedo, que entre tantas enseñanzas nos dejó la de erradicar el despotismo colonialista que nos han vendido con brillos de colores. La discusión pública y política, también la afectiva, debe estar leídas en las coordenadas de la justicia social. Lo ambiental no está exento de ninguna esfera de nuestras propias vidas. Transversalizar la mirada ambiental, como estamos luchando cada día para lograrlo con la perspectiva feminista, es una obligación de nuestros tiempos. 


Con la gente adentro

Argentina tiene una discusión pendiente en la esfera pública, en las cenas, en los medios, en los bares, en las plazas y en los territorios: la intensificación y diversificación de los esquemas productivos en función de la soberanía de nuestros bienes comunes naturales debe ser el motor central de la maquinaria de movilidad social. Pero la definición sobre qué y cómo producir debe ser soberana. Mientras que la definición sobre dónde y cuándo debe ser popular. Las decisiones sobre la Política Nacional de Desarrollo y Ordenamiento Territorial deben estar en manos de un espacio de concertación federal. La coordinación inter-jurisdiccional y la cohesión de un modelo equitativo y justo en cada rincón del país, es una responsabilidad de todas las partes. Ninguna provincia prospera en un país que no lo hace.  

Redefinir el modelo de desarrollo no solo es urgente, sino que demanda entender que lo ambiental no puede ser “una variable más a considerar” o un indicador que medimos para cumplir con la lista de chequeo de la ‘sustentabilidad’, sino una convicción, profunda, que nos permita redefinir qué es lo importante, manteniendo funcionales y saludables a los socio-ecosistemas. 

La consigna es clara: no puede haber Justicia Social sin Justicia Ambiental y bajo esa bandera estamos dando la disputa de sentido por un modelo más justo para las grandes mayorías postergadas.

Para ello, la indelegable tarea de conservar la diversidad bio-cultural con la gente adentro debe poner a la biodiversidad y a las personas al mismo nivel. Reparar la injusticia que implicó la colonización primero de los territorios ancestrales, pero luego de un modelo de desarraigo y migración rural, que hoy ha dado como resultado una Argentina hipertrofiada, mega concentrada en cinco grandes metrópolis, con un desequilibrio de todo a nivel territorial. 

Enfocar el rol de nuestro país en el escenario de la gobernanza climática internacional hacia la adaptación, la reducción del riesgo de desastres y la equitativa atención de las comunidades más afectadas por los efectos de la crisis climática. Hay que comprender que reducir la pobreza, la indigencia y la vulnerabilidad frente a eventos externos es una acción de mitigación al cambio climático.

Las transiciones: son inter-seccionales, y con la gente en el centro, o no podrán ser. Así mismo, la transición en un país como Argentina debe ser industrialista, con las y los trabajadores, de la economía popular y con gobernanza de derechos humanos. Es necesario definir rumbos estratégicos en materia energética, como vector de desarrollo y de bienestar, pero fundamentalmente como pasaporte a la soberanía tecnológica y autonomía energética. 

Tenemos más territorio marino que terrestre. Es ahora de asumir el desafío e impulsar: la planificación Marina Espacial como ejercicio de la soberanía extra continental, la pesca bajo el enfoque ecosistémico, la investigación y el turismo de bajo impacto con soberanía activa de nuestros bienes comunes naturales (también en el mar y en la plataforma). Las islas australes, la Antártida Argentina y el mar patagónico son los territorios del siglo XXI. 

Algunos de estos desafíos hoy son parte de la #AgendaAmbiental que discute el ambientalismo popular y que se corporiza en las demandas de organizaciones y movimientos en función de una realidad acuciante y urgente. Un país que planifica el desarrollo y ordena el territorio con amplia participación social y redefine los esquemas productivos en función de la reparación de desigualdades, está convocado a erradicar las injusticias y marginar a los intereses concentrados. 

La consigna es clara: no puede haber Justicia Social sin Justicia Ambiental y bajo esa bandera estamos dando la disputa de sentido por un modelo más justo para las grandes mayorías postergadas. Nada que implique afectar intereses concentrados y minoritarios puede prescindir de un Estado benefactor presente. Un Estado inteligente, abierto y participativo, una democracia moderna e inclusiva, es aquella que planifica. Que se desarrolla, planificando.

CON TU APORTE PODEMOS CRECER